Nací en un tiempo donde todo estaba por pasar.
Donde el azar existía sobre la necesidad de los encuentros.
Donde quien ama odia, pero quien odia no precisa del amor.
Me habían advertido de aquella mujer.
De aquella mujer del castillo.
La del castillo del centro de mi ciudad, la del parque donde
prohibían estacionar más de un cuarto de hora.
Pasa –me dijo- todo
lo que de mi has oído es cierto. Están sonando
las campanas a misa. Curiosea
por mis habitaciones, tócalo todo, en una hora
estoy de vuelta. Pero
hay un cuarto que... Sí –dije yo- conozco
la historia. Haré lo que de mi se precisa,
no te preocupes. Sonrió. Ya era
tarde.
Me costó poco tiempo hallar el cuarto de las sombras.
He nacido en un tiempo donde todo se cumple.
Entonces llegó ella. Alta. Rubia. Vestida
con el frugal aliño del terciopelo rojo. Dime
qué has visto. Lo normal. Cadenas,
sangre, alfanjes teñidos de dolor, sirvientes
desnudos de cintura para abajo, cuerpos
sin dueño, cartas sin membrete. Música.
No. Ya sabes dónde. Allí
sólo vi una madeja de lana, dos agujas
de coser y una silla de enea. Nadie
conoce mi secreto. Sólo tú.
Te permito
que pases cuando quieras por mi casa.
Jesús Urceloy
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