Quisiera recordar la tarde última
en que Jesús Carrión junto a su perro
y la antigua escopeta, que le hizo
vivir la guerra y que engañado
decía no mató hombre, que a menudo
tiró al azar ¡Dios quiera un sólo herido!,
salieron hacia el campo, con las luces
lejanas y el dolor insoportable
de la vida acabándose, y un breve
cigarrillo liado aún con destreza,
y la barba amañada y tan vestido,
el sombrero a los ojos y en la estancia
dos mujeres que amó y en él vivían:
¿Qué quieres hoy de cena? -Me es igual,
haced vosotras. -Hasta luego. -Adiós.
Pero no puedo. Ni el disparo puedo
imaginar, ni el perro silencioso,
ni sus mujeres en la cama alzándose:
sólo la carta que una vez leí
hacia el setenta y siete y he perdido:
"Mañana, ya sabéis, comenzaría
la cura. Lo hago por no molestar."
Jesús Urceloy |