Las vírgenes saborean los restos de mis muslos mil veces besados por este hombre. Acarician las mentiras de estos días, pues son ellos los que mienten. Sepultan la decadencia más gloriosa con más besos; y cada vez más caros. Y ya no sé si voy o caigo, o si me consumo, o si con cien cañones por banda “la soledad, tres años, el miedo y la belleza, el sueño y el deseo, la memoria, el orgullo”. Quisiéramos todos abandonar, o así debería ser. Pero no hay valor, ni todo el dinero por el que matamos y morimos puede ya comprar una bula para el pecado original. Es una herencia recóndita y venerada que corrompe y ensucia la sal de nuestros ojos cuando los pintamos de banderas y de himnos, y de puños y símbolos, y de coca-cola, de votos o de hipocresía.
De vez en cuando miramos al cielo, pero nos encontramos con un techo. Y allí, arrullando a Haydn o haciendo calceta, pulula Jesús Urceloy. Yo estiro los dedos, ansío rozar ese hábitat del depredador sin instintos, del asesino cobarde, del poeta con versos. Pero del espeluznante abismo del que crezco vuelan sombras que como tentáculos vencen mis pies y me derrumban. Un ángel demente me observa como si Rodin lo hubiera sentado en mi frente. No hay salida. Será mejor abandonar. Mas cuando quiero hacerlo “doce horas tan sólo me separan de nuevo entre quien fui y quien soy”.
William G. Knight decía que “si no se siente envidia de los ricos, la pobreza no deshonra”. He aquí la disciplina que se debe estudiar del dolor difícil y pulido. El poderoso es el humilde, que no el sumiso. Aunque suene a moraleja, a través del candor, de lo cierto, de lo posible se es poeta. La belleza del dolor, la necesidad del dolor, su deseo, su memoria, su sueño. Doblegarse, desgarrarse a uno mismo, con las uñas levantar la piel de nuestra cara y ver en el espejo otro espejo. Opinaba también William G. Knight que “ser millonario no deshonra si no se desprecia a los pobres”. Y ésta es la verdad última y quizá póstuma de Urceloy y su profesión, la de Judas patrón de las causas ahora sí perdidas, la del hombre que se disfraza de sí mismo: para ser otro. La verdad del hombre llano, fatigado de humanidad y de ser hombre a su pesar. Que se puede ser millonario y no tener pan que echar a la boca. Que se puede ser mejor que los demás sin que los demás se sientan humillados, porque el poeta está de rodillas.
Antonio Rómar |