Me gusta poco escribir de mi mismo. Hasta la fecha he escrito sólo tres poéticas, las tres por encargo, y he tenido la inmensa suerte de que sólo una de ellas haya sido publicada. Yo me entiendo. Es una poética muy corta y aunque la escribí hace mucho tiempo aún me gusta. Tiene sólo dos palabras: Poesía es.
Tampoco me gusta hacerme fotos, ni que me las hagan. Y siempre que me la piden para, por ejemplo, un libro, entrego o una donde estoy recostado en el sillón de mi cuarto de estar, en los tiempos en que usaba barba y sombrero de fieltro, con cara de aburrido, que me hizo mi hija, o mi novia, no recuerdo; u otra en Fuentetaja, la academia donde doy clases, al lado de un cartel de Orson Welles, en actitud de quitarme otro sombrero: un estupendo panamá que acabo de jubilar esta misma mañana. Esta otra me la hizo Antonio, el jefe de estudios, que es encantador.
Cuando quedo con alguien a quien no conozco y que, supongo, tampoco me conoce, siempre digo lo mismo: Soy un tipo alto, de metro noventa, con barriga cervecera, miope y con sombrero. Por lo demás tengo la indiscreción de soltar alguna lagrimilla en conciertos, teatros, salas de cine y recitales cuando, ya veis, la cosa me emociona. Pero eso no me salva de olvidar contestar cartas y emailes, fechas de cumpleaños, aniversarios y otras necesidades y que haya tenido que escuchar que soy poco atento. Creo que no es así, de verdad, sino que tiene uno la cabeza a pájaros. Muchos de mis amigos dicen que soy bueno. A veces esa bondad no he sabido disimularla y algún hijo de puta, así, en castellano, ha aprovechado esa ligereza para endosarme una coz, que suelo encajar lo mejor que puedo y a la que procuro responder con la parca moneda del desencanto. A pesar de todo creo firmemente en la amistad, incluso más que en el amor, que casi siempre, para nuestra desgracia, es otra cosa.
Amo la literatura, la música y el arte por si mismo como formas de vida y pienso que el artista debe ser siempre hombre de su tiempo, comprometido con él y los hombres que lo pueblan. A mi eso que dice Bécquer de que podrá no haber poetas pero siempre habrá poesía me parece una extraordinaria estupidez, aunque muy bella. Para que haya poesía hacen falta poetas. También sostengo, aunque parezca una perogrullada que para que haya buena poesía hacen falta buenos poetas. Y eso se consigue con tres elementos indispensables: conocimiento, rigor y humildad. Y basta, al menos por ahora.
Jesús Urceloy / primavera de 2007. |