El
Gobierno de Evo Morales ha proyectado una profunda reforma agraria
que supone la expropiación de las tierras ociosas del este
y norte de Bolivia. El fin es confiscar tierras irregularmente
distribuidas en regímenes dictatoriales y usadas con fines
especulativos. Los analistas advierten que esta política
puede desencadenar desorden y violencia en un intento del campesinado
por hacerse con las tierras.
Se trata de una medida que responde
a la decisión que Morales proclamó durante su campaña
y que consiste en devolver al Estado la propiedad de miles de
hectáreas de tierra, principalmente en las tropicales regiones
de Santa Cruz (este), el distrito más rico del país
y sede de un poderoso empresariado agroindustrial, además
de Pando (norte), Beni (nordeste) y la provincia de Gran Chaco
(sudeste).
Según el viceministro de
Tierras, Alejandro Almaraz, la propiedad agraria ha generado el
ejercicio de poder en Bolivia, ya que los latifundistas han utilizado
las propiedades concedidas por el Estado para conseguir "jugosos"
créditos y revender los terrenos.
Los analistas advierten, sin embargo,
que la política de reparto de tierras anunciada por Morales
amenaza con desatar la violencia, como ocurrió entre 2000
y 2005, cuando al menos 100 campesinos sin tierra perdieron la
vida en diversos intentos por tomar haciendas en el este boliviano,
según AFP.
Gabriela Ichazu, viceministra de
Participación Popular en 2003, estima que la medida anunciada
por Almaraz es un tema muy delicado porque puede desatar "una
caza de brujas" en el oriente de Bolivia.
El Movimiento de los Sin Tierra
(MST), que apoyó a Morales en la campaña electoral,
agrupa a 250.000 familias de campesinos pobres que demandan continuamente
la dotación de unas 500.000 hectáreas de tierra
de cultivo, improductivas en diversos puntos del país.
El anuncio se produce una semana
después de que Morales pusiera en marcha un proceso de
nacionalización de los hidrocarburos del país, que
hasta entonces y desde 1996 estaban en manos de empresas extranjeras.
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