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A los diez meses de ocupar su nuevo
puesto como presidente del Banco Mundial, Paul Wolfowitz, ha desvelado
lo que pretende que sea el eje central de su mandato: la lucha
contra la corrupción en los países emergentes. Este
antiguo halcón de la Administración
Bush, uno de los autores intelectuales de la invasión
de Irak, eligió Yakarta, capital de Indonesia, un país
en el que fue embajador de EEUU, para explicar la filosofía
que inspira su gestión.
Un catecismo que, según
sus propias palabras, es tan simple como no conceder créditos
dudosos, reforzar la oficina de inspección del organismo
-que ha pasado de tener 53 empleados a tener 65-, revisar la contabilidad
y las realizaciones de los proyectos dudosos y premiar con más
dinero del inicialmente presupuestado a las naciones que hayan
demostrado su preocupación por controlar la corrupción.
La aplicación de las nuevas
normas ha supuesto la cancelación, o no concesión
de créditos, a un grupo de proyectos en India, Bangladesh,
Kenia, Chad y Argentina. Los primeros resultados de las investigaciones
puestas en práctica sobre proyectos dudosos, que han sumado
387, y han suspuesto la paralización de 140. Pero Wolfowitz
cree que habrá más.
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