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Año IX - Madrid, miércoles 21 de noviembre de 2007

Hollywood entra en la lucha para suavizar el embargo de EEUU sobre Cuba

La semana que viene un grupo de reciente creación, denominado "Cuba Research & Analysis Group", presentará una campaña destinada a solicitar que se incluya una excepción cultural en el actual embargo que mantiene EEUU sobre Cuba. Su primera acción será el envío de una carta al presidente estadounidense, George W. Bush, en la que se incluye esta petición y se recuerda que su mujer, Laura Bush, inauguró en septiembre de 2006 una iniciativa cultural destinada precisamente a apoyar los intercambios culturales entre EEUU y otras naciones.

Otra de las solicitudes será que se abra un diálogo con el Gobierno y el pueblo cubano y que se eliminen las reglas que penalizan los viajes con propósitos culturales a Cuba. Entre los firmantes de esta solicitud se encuentran destacados escritores, cantantes o actores, como Sean Penn, Grenn Day o Robert Kraft.

La iniciativa será soportada por una intensa campaña de prensa en la que intervendrán los miembros más conocidos. Además, según fuentes consultadas por este diario, muchos de los que participan en ella son destacados 'financiadores' de las campañas electorales de los demócratas Hillary Clinton y Barack Obama, lo que hace suponer que en que el caso de que estos candidatos lleguen al poder podrían favorecer una suavización del embargo económico y comercial impuesto a Cuba hace 45 años.

La posibilidad de que un nuevo presidente de EEUU decida cambiar, antes o después, el actual signo de la política exterior que Washington mantiene hacia Cuba, empieza a ser estudiada como un escenario probable en los despachos de las grandes discográficas estadounidenses y en los estudios de los productores independientes, que ya han hecho negocio con la mina, casi sin explotar, que supone la música cubana de ahora y de siempre.

En la isla caribeña esta posibilidad acapara muchos comentarios en la célebre 'Radio Bemba' (denominación local para los rumores callejeros). Y también hay claros signos exteriores de que ese futuro quizá incluso podría estarse produciendo ya. Desde hace unos años, los habaneros que ven un coche grande, de corte occidental aparcado en cualquier calle, saben a ciencia cierta que el propietario es un músico. Y no necesariamente el líder de una famosa banda de salsa o un pianista de jazz latino conocido en todo el mundo. A lo mejor es el automóvil de un batería o un guitarrista cualquiera.

Lo cierto es que los músicos cubanos tienen acceso a las siempre golosas divisas. La música ya es negocio en Cuba gracias al serio trabajo del ministro de Cultura, Abel Prieto, y al entramado internacional de sociedades de gestión de derechos de autor afines. También se debe, por supuesto, a algunos éxitos globales como el que obtuvo el ya fallecido Compay Segundo, que han convertido en realidad la posibilidad siempre latente de que los notables y originales trabajos, marca registrada de una isla llena de talento, empezarán a proporcionar ingresos.

El dinero empieza a llegar, pero aún es limitado. Tooda la riqueza que esta industria cubana podría generar está condicionada por el embargo que EEUU mantiene sobre Cuba. Aunque es obvio que esta situación no va a prolongarse eternamente. Y eso se sabe muy bien en Florida.

Primeros realineaminetos. La cesión del poder que realizó en julio del pasado año Fidel Castro, provocó los primeros realineamientos perceptibles en la comunidad de empresarios de la música latina instalada en Miami. La cabeza visible de este grupo es la familia Estefan, que durante bastante tiempo jugó la baza del anticastrismo para vender sus productos. De alguna forma, la imposibilidad de los estadounidenses de tener acceso a las versiones originales cubanas y al trabajo de los artistas de la isla, les resultaba beneficioso a la hora de asegurarse un mercado potencial para sus producciones.

Además, a esto se sumó la falta de medios técnicos en Cuba para grabar con los estándares de calidad internacionales y a la carencia de unas redes de distribución adecuadas. Circunstancias que hacían más fuertes a los músicos cubanos exiliados en Miami.

La situación empezó a cambiar hace tiempo, cuando el guitarrista estadounidense Ry Cooder consiguió grabar en La Habana el disco “Buenavista Social Club” con músicos históricos del son cubano, muchos de ellos ya jubillados. Un álbum que se convirtió desde el principio en una imparable máquina de vender cd´s que, todavía, más de una década después de su lanzamiento, aparece en algunas listas de música étnica.

A partir de ahí, y gracias al trabajo del Ministerio de Cultura cubano, muchas cosas empezaron a cambiar en la isla. En la actualidad ya existen estudios de grabación equipados con los mismos medios técnicos que las grandes salas de grabación internacionales y muchos artistas han acumulado numerosos éxitos en todo el mundo sin tener que exiliarse.

Además de que la música cubana ha derribado muchas barreras que no existían en realidad. Muchos artistas de distintas sensibilidades políticas han compartido escenarios y grabaciones en proyecto realizados fuera de la isla, sin injerencias de La Habana.

Peligro. Demasiado peligro para que en Miami no empezarán a cambiar también las cosas. De momento ya han aparecido nuevos jugadores en el negocio, menos preocupados por las proclamas de los textos y más centrados en que siga la fiesta y se extienda el legado del son. Además, en las grandes discográficas estadounidenses, que ya han distribuido música hecha en la isla a través de sus subsidiarias en distintos países del mundo, como España, donde se empieza a pensar que se puede negociar con los artistas cubanos y sus representantes sin necesidad de los tradicionales intermediarios de Florida y sin esperar a que deserten o se exilien.

Fuentes de la industria española aseguran que ya se han producido algunos acercamientos entre las multinacionales de EEUU y los músicos cubanos, a través de productores independientes o de sociedades de gestión de derechos de autor.

Sin contar además con el hecho de que para que esta asociación comenzara a funcionar, no haría falta un levantamiento total del embargo. Bastaría con que las leyes estadounidenses establecieran una excepción en lo referente a los intercambios culturales. Algo que quizá no sea tan difícil de conseguir cuando haya un nuevo inquilino en la Casa Blanca.

 
 

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