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La semana que viene un grupo de reciente creación,
denominado "Cuba Research & Analysis Group", presentará
una campaña destinada a solicitar que se incluya una excepción
cultural en el actual embargo que mantiene EEUU sobre Cuba. Su
primera acción será el envío de una carta
al presidente estadounidense, George W. Bush, en la que se incluye
esta petición y se recuerda que su mujer, Laura Bush, inauguró
en septiembre de 2006 una iniciativa cultural destinada precisamente
a apoyar los intercambios culturales entre EEUU y otras naciones.
Otra de las solicitudes será que se abra un diálogo
con el Gobierno y el pueblo cubano y que se eliminen las reglas
que penalizan los viajes con propósitos culturales a Cuba.
Entre los firmantes de esta solicitud se encuentran destacados
escritores, cantantes o actores, como Sean Penn, Grenn Day o Robert
Kraft.
La iniciativa será soportada por una intensa campaña
de prensa en la que intervendrán los miembros más
conocidos. Además, según fuentes consultadas por
este diario, muchos de los que participan en ella son destacados
'financiadores' de las campañas electorales de los demócratas
Hillary Clinton y Barack Obama, lo que hace suponer que en que
el caso de que estos candidatos lleguen al poder podrían
favorecer una suavización del embargo económico
y comercial impuesto a Cuba hace 45 años.
La posibilidad de que un nuevo presidente de EEUU
decida cambiar, antes o después, el actual signo de la
política exterior que Washington mantiene hacia Cuba, empieza
a ser estudiada como un escenario probable en los despachos de
las grandes discográficas estadounidenses y en los estudios
de los productores independientes, que ya han hecho negocio con
la mina, casi sin explotar, que supone la música cubana
de ahora y de siempre.
En la isla caribeña esta posibilidad acapara muchos comentarios
en la célebre 'Radio Bemba' (denominación local para
los rumores callejeros). Y también hay claros signos exteriores
de que ese futuro quizá incluso podría estarse produciendo
ya. Desde hace unos años, los habaneros que ven un coche
grande, de corte occidental aparcado en cualquier calle, saben
a ciencia cierta que el propietario es un músico. Y no
necesariamente el líder de una famosa banda de salsa o
un pianista de jazz latino conocido en todo el mundo. A lo mejor
es el automóvil de un batería o un guitarrista cualquiera.
Lo cierto es que los músicos cubanos tienen acceso a las
siempre golosas divisas. La música ya es negocio en Cuba
gracias al serio trabajo del ministro de Cultura, Abel Prieto,
y al entramado internacional de sociedades de gestión de
derechos de autor afines. También se debe, por supuesto, a algunos
éxitos globales como el que obtuvo el ya fallecido Compay
Segundo, que han convertido en realidad la posibilidad siempre
latente de que los notables y originales trabajos, marca registrada
de una isla llena de talento, empezarán a proporcionar
ingresos.
El dinero empieza a llegar, pero aún es limitado. Tooda
la riqueza que esta industria cubana podría generar está
condicionada por el embargo que EEUU mantiene sobre Cuba. Aunque
es obvio que esta situación no va a prolongarse eternamente.
Y eso se sabe muy bien en Florida.
Primeros realineaminetos. La cesión del poder que realizó
en julio del pasado año Fidel Castro, provocó los
primeros realineamientos perceptibles en la comunidad de empresarios
de la música latina instalada en Miami. La cabeza visible
de este grupo es la familia Estefan, que durante bastante tiempo
jugó la baza del anticastrismo para vender sus productos.
De alguna forma, la imposibilidad de los estadounidenses de tener
acceso a las versiones originales cubanas y al trabajo de los
artistas de la isla, les resultaba beneficioso a la hora de asegurarse
un mercado potencial para sus producciones.
Además, a esto se sumó la falta de medios técnicos
en Cuba para grabar con los estándares de calidad internacionales
y a la carencia de unas redes de distribución adecuadas.
Circunstancias que hacían más fuertes a los músicos
cubanos exiliados en Miami.
La situación empezó a cambiar hace tiempo, cuando
el guitarrista estadounidense Ry Cooder consiguió grabar
en La Habana el disco Buenavista Social Club con músicos
históricos del son cubano, muchos de ellos ya jubillados.
Un álbum que se convirtió desde el principio en
una imparable máquina de vender cd´s que, todavía,
más de una década después de su lanzamiento,
aparece en algunas listas de música étnica.
A partir de ahí, y gracias al trabajo del Ministerio de
Cultura cubano, muchas cosas empezaron a cambiar en la isla. En
la actualidad ya existen estudios de grabación equipados
con los mismos medios técnicos que las grandes salas de
grabación internacionales y muchos artistas han acumulado
numerosos éxitos en todo el mundo sin tener que exiliarse.
Además de que la música cubana ha derribado muchas
barreras que no existían en realidad. Muchos artistas de
distintas sensibilidades políticas han compartido escenarios
y grabaciones en proyecto realizados fuera de la isla, sin injerencias
de La Habana.
Peligro. Demasiado peligro para que en Miami no empezarán
a cambiar también las cosas. De momento ya han aparecido
nuevos jugadores en el negocio, menos preocupados por las proclamas
de los textos y más centrados en que siga la fiesta y se
extienda el legado del son. Además, en las grandes discográficas
estadounidenses, que ya han distribuido música hecha en
la isla a través de sus subsidiarias en distintos países
del mundo, como España, donde se empieza a pensar que se
puede negociar con los artistas cubanos y sus representantes sin
necesidad de los tradicionales intermediarios de Florida y sin
esperar a que deserten o se exilien.
Fuentes de la industria española aseguran que ya se han
producido algunos acercamientos entre las multinacionales de EEUU
y los músicos cubanos, a través de productores independientes
o de sociedades de gestión de derechos de autor.
Sin contar además con el hecho de que para que esta asociación
comenzara a funcionar, no haría falta un levantamiento
total del embargo. Bastaría con que las leyes estadounidenses
establecieran una excepción en lo referente a los intercambios
culturales. Algo que quizá no sea tan difícil de
conseguir cuando haya un nuevo inquilino en la Casa Blanca.
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