Larry Elliott, editor de economía de The Guardian, se emociona al pensar que igual que hace siete décadas, los planteamientos keynesianos vendrán en auxilio del sistema económico.
Y no será así. Por algunas importantes razones. Morfológicas, unas; fisiológicas, otras; más la irrupción de factores nuevos de orden socio y geopolítico, que modifican drásticamente entorno y problema enfrentados.
En principio, el sistema cambió radicalmente. Ya no son muchas economías nacionales, cada una con su dispositivo de control autónomo; quiero decir, con dominio apreciable sobre los instrumentos de estabilización, sino una economía global, con economías nacionales expuestas a los países que controlan variables macroeconómicas relevantes. Y con preponderancia de uno con características muy especiales.
En segundo lugar, ha corrido mucho la historia y si es verdad que la influencia keynesiana sigue siendo evidente, los desarrollos de diverso orden; principalmente monetarios y microeconómicos, “durante la larga, oscura noche de laissez faire”, no sólo no pueden ser dejados de lado, sino que resultan refuerzos instrumentales insoslayables.
En tercer lugar, el mundo libre ya no es lo que era hace 70 años. Ya no resulta posible defenderlo de la posibilidad totalitaria. Un totalitarismo es hoy no sólo el principal, más exitoso y elogiado experimento económico de la sociedad global sino el detentador de un muy peligroso poder sobre la macroeconomía del mundo libre.
Y es que resultan inevitables las consideraciones socio y geopolíticas. Cuando el dominio mundial es desafiado, se presentan juegos estratégicos difíciles, de conflictos, tensiones, e incluso guerras; en los cuales, el futuro de las relaciones e incluso, la paz del mundo, dependerá del inteligente manejo de las partes.
Y sucede también cuando, inéditamente, como en el momento actual, se asiste crecientemente a la imposición, como paradigma mundial, del modelo alabado por Klaus Martin Schwab, fundador del World Economic Forum: el eufemísticamente llamado “coordinated development” chino. Que es un totalitarismo.
En los años treinta del siglo pasado había un capitalismo libre, en crisis, por una de sus taras: su compulsión a las burbujas financieras y, enfrente, una incipiente colectivización comunista, para nada imbricada al sistema occidental. Y la tarea de Keynes era la de “salvar al capitalismo” frente a su rival soviético.
Hoy, la crisis no es del capitalismo. Lo es de sus áreas vulnerables. La acera de enfrente ya no lo es. Es parte medular del sistema. Y por ello, no rival, sino aliado. Del sistema, quiero decir. No del mundo libre.
El 25 de enero decíamos en esta columna: “La situación actual tiene varios ámbitos explicativos: debilidades y amenazas diversas de la globalización, fallos de regulación en los mercados especulativos nuevos, escenarios económicos y políticos rápidamente cambiantes y, el que más me gusta citar, inapropiadas políticas de definición de las tramas o redes productivas y geopolíticas en el (y no, del) mundo global, etc.”.
Uno de los cuatro ámbitos acaba de ser enfrentado (ver: Americaeconomica. Mundo. EEUU refuerza el papel del la Fed para afrontar la crisis financiera). Empero, todo lo demás queda pendiente.
Y ya no es un manejo de crisis. Se trata de una recomposición radical del sistema de economía libre. De su morfología y ethos. Y para eso,… ¡Keynes no basta! |