El sabor, el color, el tocar con las manos lo que está sucediendo en la isla es sólo privilegio de quienes vivimos en ella. Más allá de nuestras fronteras muchos se devanan los sesos intentado trazar el norte magnético que tomará la nave conducida por el menor de los Castro en sus 76 años de vida.
Opiniones y vaticinios abundan como para conformar varios volúmenes. Pero hay una recientemente leída y suscrita por varios cubanos radicados en Miami entre ellos economistas y algún que otro de los que aquí las autoridades han calificado como “desertor”, que merece atención y debate.
Se trata de la afirmación de que los residentes hoy por hoy en la isla no están tanto por los cambios políticos, sino más bien económicos.
Un repaso general y tal vez apresurado nos podría llevar a la conclusión de que el cubano, a lo largo de la historia se ha inclinado más a lograr el bienestar propio y el de su familia, que a trajines políticos.
Ejemplos sobran, pero también aquellos en que se ha debido acudir a la política no tanto como fuente de negocios, sino para cambiar estructuras, tiranías, regímenes corruptos y hasta entreguistas.
La Cuba de hoy vive un momento muy singular, de vital importancia de cara al futuro. Y que conste que no se está descubriendo el agua tibia como decimos en coloquios familiares y de amigos.
Menos en el plano militar, el desorden es de temer. No en las calles, sino en la obsoleta estructura de un régimen que pide a gritos una renovación capital. En términos arquitectónicos no hay mejor metáfora que la de ese edificio que más vale demoler que reconstruirlo.
Pero esa no es la intención de Raúl Castro y sus seguidores que consideran realizable el proyecto de remodelación sin derrumbe total. Y algo muy singular, cuentan con el apoyo y respaldo de gran parte del pueblo cubano, que cada día recobra más esperanzas de un futuro mejor. No es que lo diga algún erudito ni el propio Gobierno, sino que con salir a la calle es más que suficiente.
En ella, en la calle, en barrios habaneros donde se pudiera tener la impresión de que nunca allí triunfó la revolución fidelista de 1959, la gente vive ilusionada de que Raúl cambiará “el estado de la cosas y las cosas del Estado”.
Raúl Castro, lo he dicho varias veces, no está conduciendo el país como un clásico estadista porque en el fondo sabe que no lo es, sino como un general en pleno campo de batalla. Pocas promesas públicas, reconocimiento del clamor popular y el inicio de un grupo de medidas o reformas encaminadas al orden y bienestar de la ciudadanía.
En poco más de dos meses de Gobierno lo ha demostrado. Algunos dentro de la isla y fuera de ella hablan de toques cosméticos o “cuentagotas”. Al margen de esas determinaciones tan publicadas con respecto a celulares, DVD's, alojamiento en hoteles y las “moticos” chinas, el gran paso está dado en la agricultura. O lo que es igual, en la comida para casi 12 millones de personas que deben degustar un pollo gringo, algo de carne vacuna canadiense, zumos de frutas guatemaltecas, arroz asiático o ensaladas refrigeradas desde Chile porque el engranaje agropecuario del país se encuentra en terapia intensiva.
Esta semana han continuado los anuncios: conmutadas una cantidad no precisada de penas de muerte, la convocatoria al VI Congreso del Partido Comunista y algunas decisiones internas en cuanto a históricos del proceso para consolidar sus ideas y aspiraciones de cara a la sociedad.
De modo y manera que para los próximos meses es de esperar la consolidación del poder político y la continuidad de reformas de gran alcance en la economía. Ellas dirán la última palabra. Hasta dónde están las nuevas autoridades dispuestas a llegar. Todo esto frente a una población que el propio régimen le ha propiciado un aceptable nivel de educacional y que ha aprendido a pensar en una política económica diferente.
Y algo más, ha sido la propia gente la que ha formulado más de un millón de proposiciones al nuevo Gobierno y entre ellos los más de 600.000 militantes comunistas.
Dentro de cinco o diez años, cuando la generación histórica haya cedido los puestos por ley de vida, lo que sucederá en Cuba estará por ver. Que hablen los analistas y no los periodistas. De momento, un socialismo reformado y no olvidar esa peculiaridad propia de la idiosincrasia criolla cuando reclama que “le dejen respirar y no lo sofoquen tanto”.