El tsunami mundial que provocó la “Proclama” del presidente Fidel Castro y ese traspaso provisional de poderes a su hermano Raúl el pasado 31 de julio, ya va amainando y no pocos diarios ceden sus primeras planas a otros asuntos domésticos o internacionales.
Sólo en Miami (EEUU), la ciudad más poblada de cubanos después de La Habana, el tema continúa a todo tren, aunque con menos entusiasmo y frenesí cuando desde la calle 8 o desde el restaurante Versalles muchos, una vez más, pensaron en hacer las maletas.
La capital de la isla, entretanto, semeja un desatinado concierto sinfónico, aparentemente, sin dirección. Por momentos todos los instrumentos a tope en decibeles para de repente, un solo de violín casi inaudible.
Pero ojo, conducción hay. Y esa es la partitura. Al menos, por ahora, que de momento parece ser que no corre ninguna prisa o de lo contrario está tomando fuerzas.
La sinfónica cubana viste de verde olivo con la presencia de otros invitados de cuello y corbata o guayabera para no herir susceptibilidades. No son improvisados. Tiempo hay acumulado para aprender a conducir un país, a establecer, casi sin proponérselo, un gobierno en paralelo que justo sale a la calle ante numerosas incompetencias demostradas por los civiles, incluyendo algún que otro ministerio. Hasta los más virulentos enemigos de los hermanos Castro han reconocido la capacidad empresarial de las Fuerzas Armadas.
Para nadie es un secreto que un gobierno encabezado por Raúl Castro no será igual al anterior. Si Washington se niega a negociar o conversar, pues mucho mejor.
El general de Ejército Raúl Castro tiene ahora mismo ante sí una auténtica prueba de fuego, justo con 75 años de edad. Es decir, el tiempo le apremia para, sin espectaculares cambios, llevar a la práctica novedosas estrategias para hacer frente a los principales problemas de la ciudadanía, que son unos cuantos.
A saber, y sin orden de prioridad: alimentación, vivienda, transporte y carestía de vida, entre otros propiamente materiales, por no mencionar necesidades espirituales tan humanas como ciertas.
Según la ideología del lector, la revolución o el régimen ha llegado -ante una muy probable salida definitiva del líder histórico-, a una encrucijada que de cara al futuro inmediato será decisiva en la historia de la nación y que ocurre justamente en un momento en el que ninguna potencia extranjera está inmiscuida como en épocas anteriores.
Por raras que puedan resultar las notas, todo indica que no estamos ante una sonatina. Al final y al cabo primará el sentir popular de esos cubanos que viven en la isla o de aquellos que un día, por simple necesidad económica, decidieron probar suerte como guardabosques en la helada Alaska o la distante Australia.
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