Las calles cubanas siempre han “hablado”. Desde un buen tiempo atrás en la historia, ante la inquietud más diversa ha sido el hombre de la casa quien se ha acicalado con notable premura y ha declarado al resto de la familia, cual acucioso investigador: “me voy a ver cómo está la calle”.
Y de la calle venía hace poco una colega periodista extranjera que ante el desengaño no tuvo mejor opción que irse de compras a un gran supermercado donde me dijo: “Todo el mundo me ha dicho lo mismo, que bien, ‘super bien', que todo marcha bien, que lo ven bien, que mira qué bien y bien y bien y bien”.
A punto de cumplirse casi un mes del cese temporal de poderes de Fidel Castro a su hermano Raúl, sólo cuando el cubano se encuentra en familia, o en plena confianza entre amigos, es que entonces suelta la lengua y lanza sus casi siempre indiscutibles razonamientos y conclusiones futuristas.
Las más encendidas tertulias son las referidas al actual estado de salud del líder. A la gente no le basta algún que otro avance de la oratoria ministerial en que se asegura en buena marcha el restablecimiento del comandante. Esto, habida cuenta del secreto de Estado referido a los partes médicos, que de seguro deben emitirse cada una hora o menos.
No señor, siempre aparece una fuente de “muy buena tinta”, cuyos aportes son tan precisos que tal parece acabados de salir del horno de la información, hasta que entonces el tertuliano menos enterado saca a todos de paso y los vuelve a la recapacitación cuando asegura en argot muy criollo de que “el que lo sabe está callao ”.
Lo que sí parece contar con un consenso casi general es que muy difícilmente el comandante vuelva a ejercer sus tantas funciones, y cuidado con que no sea ninguna, que ya es suficiente con haber sobrevivido a menuda emboscada tendida por ley de vida.
Pero no equivocarse que la peña no es monotemática. Acerca del papel de Raúl Castro como nuevo jefe de Estado más otros cargos también conferidos, en la “calle” se asegura que el país podrá cambiar en busca de nuevas soluciones socialistas a los tantos avatares del día a día. Señores, que el listado de problemas no es pequeño. Porque entre la alimentación y la espectacular subida de las tarifas eléctricas, hay espacio de sobra para otras preocupaciones.
Y junto a ello un sentimiento vamos a escribir ‘antiimperialista-nacionalista' de que los gringos para nada tienen que meter sus manos en este país tan manoseado históricamente por la potencia imperial de turno o de aquella con ínfulas similares.
Reina la calma en toda Cuba. Una calma física, no intelectual ni de pensamiento. Como nunca antes en el proceso revolucionario, la calle y sus gentes no estaban tan pensantes y cavilando a diestra y siniestra.
Usted se sumerge en cualesquiera de esos barrios habaneros densamente poblados o ‘hiperdensamente' habitados, con calles donde el agua albañal pretende llevarse el polvo o suciedad del verano y las casas cincuentenarias o más no ven una brocha de pintura o un poco de cemento para colocar un parche desde que fueron concebidas, y un hombre ya mayor, lo mismo negro, que mulato, que hasta con acento español le diga a un extranjero que bien, que muy bien, que requetebién.
Y nada más porque confían en que las cosas podrán mejorar sin que nadie venga a decir qué y cómo hacer, porque por dicha o por desgracia así piensan los que habitan una isla. Y aquí, en Cuba, la gente sabe pensar. También la calle por mucho que hable, disgregue o sueñe despierta.
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