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Año VII - Madrid, viernes 4 de agosto de 2006
 
Opinión
 
Geografía reveladora mexicana

Juan Varde (Lima)

 

La democracia partidaria ha penetrado, en varios países de la región, en una senda donde el contraste manda. Así, las elecciones de los últimos meses reflejaron una clara división en el voto regional visto, más allá de los números fríos, en el análisis profundo de su distribución geográfica. Los mapas son, desde estos momentos, tanto o más importantes que los cuadros con los resultados pertinentes.

El 2 de julio los mexicanos eligieron a su presidente. Según datos oficiales, Felipe Calderón, del oficialista Partido de Acción Nacional (PAN), ha triunfado por un estrecho margen sobre Andrés Manuel López Obrador, del Partido de la Revolución Democrática (PRD), sólo por medio punto.


La paridad numérica, que trae problemas de legitimidad, esconde al otro México, seguramente fragmentado en lo geográfico, escindido por un muro virtual, que divide al norte, del centro y sur del país.


El norte se alineó fuertemente al PAN, que alcanzó casi la mitad de los votos, y duplicó a López Obrador en Jalisco y Guanajuato, zona cristera, que en la década de 1920 se rebeló contra el Estado anticlerical dejado por la revolución mexicana. Calderón triplicó a Obrador. Pero el PAN también triunfó en los estados que lideraron la revolución misma: Calderón ganó en Sonora, de donde surgieron los presidentes anticatólicos Álvaro Obregón y Plutarco Elías Calles; en Chihuahua -el Estado de Pancho Villa- y en Cohuilla, donde Francisco Madero comenzó su rebelión cívica.


Nuevo León, estado industrial, amplía la diferencia de Calderón, estado en el que Monterrey juega un papel importantísimo, especialmente sobre el empresariado mexicano. López Obrador, a pesar de haber ganando en Zacatecas y en Nayarit, y empatado en Sinaloa, no logró revertir la diferencia en el norte, en favor del PAN, que fue de tres millones y medio de votos.


La zona central jugó de manera dispar: la coalición de López Obrador ganó en todos lados, menos en la tradicional Puebla. En la capital, el DF, el PRD por supuesto cosechó una catarata de votos que duplicaron a los de Calderón, con una brecha más amplia en las colonias más pobres.


El centro y sur de México, con su pasado revolucionario, se acercó al candidato izquierdista. En Morelos, el estado de Emiliano Zapata -pero también de la zona residencial Cuernavaca- el PRD ganó de manera ajustada; en Michoacán, tierra de Lázaro Cárdenas, así como en el estado de México, el PRD se impuso por menos margen que en el DF. El resultado fue a favor del PRD por 2,6 millones de votos en la región, insuficiente para contrarrestar la diferencia obtenida por el PAN en el norte.


El sur del país le dio a López Obrador casi un 40% de los votos, pero el PAN no hizo una mala elección al superar el 25%. En Oaxaca y Chiapas, el PRD, duplicó los votos de su rival; en Tabasco, el estado de López Obrador, la diferencia fue tremenda. El PAN, sin embargo, triplicó los votos del PRD en Yucatán -cuya capital, Mérida, todavía recuerda a la casta divina- y empató en Quintana Roo, que cobija a Cancún.

Los votos de López Obrador en el sur no pudieron descontar la diferencia que quedaba como balance entre el norte y el centro. La cuenta terminó dándole el triunfo al PAN, por  244.000  votos.


Atentos: el regionalismo electoral mexicano no es una excepción en Latinoamérica. Esta división es peligrosa para la democracia de la región; si el choque es étnico o cultural, el futuro se presenta sinuoso. Allí es dónde debe aparecer y fortalecerse el Estado. La formación de una nación queda aún pendiente.
 
 

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