Lo que a primera vista se avizora es que México está partido en tres. El ganador -todo hace suponer que Felipe Calderón Hinojosa- tendrá enormes dificultades para poder implementar políticas porque el Parlamento estará profundamente dividido.
Lo sabe bien Vicente Fox Quesada, que en seis años no logró celebrar allí alianzas temporales, para, por ejemplo, reformar el sistema judicial y el Estado. A partir del año 2000 se pasó de la estructura ‘caudillesca' del PRI, a una administración débil, donde el voto no es obligatorio.
Los desafíos que esperan al próximo presidente son sumamente complicados: deberá en primera instancia resolver cómo atender y dar soluciones inmediatas al 70% de pobres ó indigentes que tiene el país. México es la nación de la desigualdad, ya que es enorme el contraste entre la distribución de fortunas, de civilización, en el cultivo de la tierra y en población.
México está fracturado por agudas divisiones sociales, por una distribución asimétrica de la riqueza (el 20 % de los más ricos se queda con casi el 50% de los ingresos). Debemos reconocerle a Andrés López Obrador el mérito de haber colocado sobre la mesa la polarización de la sociedad, ya existente, pero sin ser visible hasta ahora, entre una clase que disfruta de la vida y otra, que sólo conoce la pobreza.
La crisis del Estado será otro de los temas a tener en consideración, donde los intereses particulares han tomado posición, siendo caldo de cultivo para la corrupción que todos señalan.
Este escenario primario será donde el futuro presidente deberá de vérselas apenas tome posesión en el Zócalo y ni siquiera tendrá tiempo de caminar distendido por Los Pinos, con los problemas inmediatos y urticantes, además del alza de la delincuencia y la inseguridad pública, y las necesidades de reforzar el respeto a la ley en una cultura que se alimenta de su violación, que son otras de las asignaturas pendientes que deberá de afrontar y solucionar debidamente.
En cuanto a la relación con EEUU, es necesaria una revisión del TLC y encontrar una salida al contencioso inmigratorio que fue la llaga abierta en la Administración Fox. En cuanto a la economía y como el problema es profundo, no basta ya con aplicar ‘asistencialismo': el país necesita inversiones y el nuevo mandatario deberá mostrar sabiduría en el arte de seducir al dinero, sin olvidarse, como corresponde, de distribuirlo.
Esto es sólo el comienzo, lo que vale esperar es que sepa convencer con hechos a su pueblo, de que hay lugar para un futuro mejor.
La incógnita, cambio ó continuismo, y la respuesta la darán los seis años que México tiene ‘por venir'. |