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Año IX - Madrid, viernes 31 de agosto de 2007
 
Opinión
 
Varadero con penas y glorias

Aurelio Pedroso (La Habana)

Era un niño de unos nueve años de edad la primera vez que fui a Varadero, allá por 1961, y recién triunfada la Revolución. Para ese entonces mi padre, mediante un organismo llamado INIT (Instituto Nacional de la Industria Turística ), llevaba consigo tantos cupones como estrellas hay en el firmamento. Esa era el plan para todos los cubanos. Pague usted ahora que en la playa no necesitará el dinero. Eran pequeños cartones que él desprendía según fuera la ocasión de desayunar, almorzar, comer, abordar el trencito, jugar en golfito…, lo que fuera. Ahí estaba el cartoncito. Eran los tiempos del slogan oficial que llegó hasta musicalizarse: “Conozca Cuba primero y al extranjero después”

Ha transcurrido casi medio siglo. Ha llovido mucho, como dicen por ahí. Tal plan no existe más que en el recuerdo. En su lugar, una modalidad internacional, el “Todo incluido” o “All inclusive”. Una cinta a la muñeca y basta.

Y aunque persiste la prohibición de alojamiento de un cubano de la isla (el que viva fuera del país sí tiene derecho) hay que reconocer que no pocos van cada año en ese plan a instalaciones preparadas y diseñadas para el turismo internacional. Son los que resultan estimulados o premiados por los sindicatos, las juventudes comunistas o las propias altas esferas del Gobierno.

El nombre del hotel o villa de la singular experiencia no viene al caso. Escuchar a un barman , una camarera o a los encargados de la mesa bufet al referirse a las “travesuras” que hacen algunos de nuestros compatriotas es como para conformar un largo anexo a esas mañas de las que se acuden para mejorar el buen vivir. Un cambio tan brusco o más que la entrada en la atmósfera terrestre. De la débil cartilla de racionamiento al comunismo gastronómico, de cada cual según su necesidad.

Y la necesidad es tal que la gente le da por re envasar bebidas para llevárselas a casa, convocar a parientes y amigos para con sutilezas ‘contrabandísticas' pasar bocadillos o copas por vía terrestre o marítima. Y luego, para colmos, servirse tanta comida que al final va camino del contenedor de desperdicios. Eso si no es que cargan con ella para las habitaciones que, por suerte para la economía cubana, carecen de neveras en su mayoría.

Para gloria nacional los hay peores, según un directivo consultado: los grupos de estudiantes españoles, que también suelen romper cualquier cantidad de insumos y piden para no consumir. Protestones hay, pero no son ni cubanos ni españoles. Son los argentinos. Y así cada cual con su gracia.

Singular experiencia esa “juntament”, como decía mi abuela, de cubanos con extranjeros. No se reporta ningún incidente desagradable. Todo lo contrario. Al segundo día ya están los alemanes bebiendo cervezas con unos morenos de Jovellanos, localidad cercana a la capital provincial de Matanzas, explicándole éstos que el sentido de “bárbaro” no es otro que el de excelencia.

Otro tanto con los mexicanos. Rones de por medio, que México está en el corazón de todos con sus rancheras.

Juegos de participación donde cubanas, argentinas y mexicanas compiten en habilidades para conquistar a un hombre y asombro total cuando un alemán ratifica que lo escuchado es una samba.

Poca o casi ninguna charla de política, que se está allí para pasarla bien y no arreglar el mundo.

Sólo una cosa no está disponible para los cubanos y es el catamarán. Pensemos que por gentileza para con los visitantes y no por otro motivo de fuerza marinera o de larga y peligrosa navegación, porque hasta bicicletas acuáticas pueden abordar.

Mucha alegría y al mismo tiempo tranquilidad en la instalación bien resguardada de intrusos o amigos de lo ajeno. De ello se encargan educados custodios que tal vez sólo lamenten la decisión de sus superiores de ponerlos bajo el sol con una corbata negra que lesiona la garganta, porque hasta los policías se les ve en las llamadas bermudas, ropa blanca y sombrero de lona.

Mucho ha cambiado Varadero desde aquellos años del INIT. Y tendrá que seguir haciéndolo hasta el día en que no se deje perder ni un gramo de fina arena y cualquier cubano, sin garantes de por medio, se pueda sentar junto a un alemán y explicarle cómo se baila un buen son montuno. A eso llegaremos y pienso vivirlo para contarlo.

 
 

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