Miguel Rodríguez, súper ministro y Presidente del Banco Central del segundo gobierno de Carlos Andrés Pérez, aplicó en 1.989 un paquete económico incompleto y se quedó para siempre con el remoquete de “Paquetico” Rodríguez. Chávez tiene once años aplicando un súper paquete chileno y ahora comienza a soltar que viene uno nuevo y nadie lo ha apodado aún. “Paquete cubano”, podría ser. ¡Con chulos incluidos, señores! ¡Y no sólo cubanos!
Es verdad que más de veinte trimestres de misiones (transferencias y política social clientelar) y dinero puesto a circular (alta liquidez en manos de bancos y público, en razón del ingreso petrolero) crearon la ilusión de un país de oportunidades y expansión. Se hicieron presentes unos buenos tiempos para la boliburguesía (corruptos y buscadores de rentas cercanos al gobierno “bolivariano”), importadores, “empresarios” aprovechadores y otras especies.
El crecimiento inducido por la demanda (había dinero para gastar) y el agravamiento de las imperfecciones de los mercados (cada vez menos competencia efectiva y por tanto, altos márgenes de negocios) definieron los dos grandes factores explicativos del modelo de crecimiento chavista. Fueron el “modelo mundial” del cual se ufanaba el régimen. Modelo con pies de barro, como hemos venido descubriendo incluso desde antes de la crisis.
Marzo (al menos medio año de retardo respecto al brote de septiembre) nos trajo el primer paquete explícito post crisis: un vulgar succionador de recursos de la sociedad a favor de las finanzas públicas y más costos y trabas a la sociedad toda. Viene pronto la segunda alza del salario mínimo del año y se comienza a anunciar otro paquete. Lo que se prefigura no tiene buenas noticias excepto para los proxenetas de la ALBA, los importadores, la boliburguesía y el gobierno mismo.
La opción de un impuesto a las operaciones cambiarias –que ha tomado cuerpo en los últimos días- es la peor de todas las posibles, pero la más cercana a sus opciones.
Primero, es la peor porque Venezuela acumula varios años de alta inflación y eso, con una tasa oficial fija desde hace cuatro años, frente a sus socios comerciales significa una clara sobrevaloración de la moneda para la adquisición de dólares preferenciales, lo que hace baratas las importaciones y cada vez menos competitiva la producción interna.
Segundo, porque difiere la necesaria sinceración de la tasa de cambio a niveles más creíbles, favorecedores de las exiguas producción interna y exportaciones y mostraría una evolución del sistema de control de cambios que responde más a la evolución de la economía.
Tercero, porque muestra la misma lógica del paquete de marzo: lo importante es recaudar y engordar las finanzas públicas –es un impuesto- , enfrente de un sector productivo interno cada vez más afectado. Recuérdese que Venezuela es de los peores países del mundo en facilidades para la producción (Índice “Doing Business” del BIRF) y el peor desde el punto de vista del clima de inversión (ranking del WEF). Por ello, el impulso a las inversiones y a la industria también son puras fantasías de los ignorantes en estas cosas.
La otra opción que se menciona, la de una devaluación implícita por la vía de bonos internos a fines de permuta, es lo que hemos venido proponiendo en nuestro “Plan Especial Anti Crisis” desde octubre del año pasado, con una pequeña diferencia: antes de noviembre del año pasado el diferencial del permuta era mucho más bajo. Ahora recauda más bolívares, pero también impacta más los costos productivos y la inflación.
Como puede verse, nada presagia mayor crecimiento productivo, sino importaciones y varias vías de alimentación de las alzas de precios. Ya estamos en estanflación y nada indica que habrá medidas adecuadas, que tienen que situarse en el llamado “lado de la oferta”, totalmente contrario a lo anticipado. Más chavismo y menos sociedad.