El Washington Post, Lula, Fidel Castro y otros se han referido a problemas o limitaciones en los manejos de Obama en lo interno o hacia América Latina. Otras opiniones, que van de las optimistas a las de los afectados, quieren ver diversos acontecimientos políticos regionales de los últimos tiempos como resultado de un nuevo aire en la política americana hacia la realidad del neo totalitarismo populista, izquierdista y anti norteamericano peligrosamente implantado en la región y “cabeza de playa” hacia el mundo.
Precisamente uno de esos acontecimientos, la salida de Zelaya de la presidencia hondureña, ha representado un giro importante en la dinámica del eje alrededor del cual pivotea el dañino proceso presente.
Para Chávez y los factores mundiales que conforman lo que he llamado “la geopolítica iconoclasta y forajida”, alrededor de Ahmadinejad, Putin y Fidel, el traspié hondureño ha significado una cierta escalada de radicalización y extensión que, en nuestra humilde opinión, debe ser conjurada, de cara al largo plazo, con un sólido planteamiento estratégico conjunto de americanos democráticos y progresistas al norte y el sur del Río Grande.
El daño económico infringido por Chávez a un cercano aliado regional americano como Colombia, de implicaciones subregionales; las crecientes y exitosas carantoñas de la ALBA a los débiles del CARICOM; la sibilina conducta de Lula, con el bolsillo en su complejo económico, pero el corazón en las prácticas chavistas; la complacencia del señor Insulso con la “diplomacia” caraqueña; la razzia interna de Chávez desde el 15 de febrero –día de triunfo de su enmienda reeleccionista- agotada hacia julio precisamente, e insuflada de aires aún más totalitarios a partir de la caída en Honduras; y la ausencia de una iniciativa económica continental seria, deben ser enfrentados con una huida estratégica hacia adelante.
En mayo y junio del año pasado publicamos tres artículos en esta serie, de los cuales nos interesa rescatar algunos de sus planteamientos iniciales: Latinoamérica debe desarrollar la oportunidad de una mayor iniciativa y proactividad en su relación con el sistema político norteamericano y prestar atención al planteamiento de Obama de hace más de un año sobre la “hora para una nueva estrategia”, dirigida a una “nueva alianza para las Américas”.
Sus principales elementos conceptuales deberían ser los nuestros: democracia, oportunidad desde las raíces, crecimiento económico, asistencia financiera y de seguridad e iniciativas regionales energéticas. Agreguémosle la competitividad y la inclusión social plena.
Son tres los aspectos que interesa enfrentar. Primero, lo que sucede en América Latina con el fenómeno castro-chavista tiene ramificaciones e implicaciones globales, por la participación importante de Ahmadinejad, y aún más, Putin y su claque.
Segundo, a pesar de los nuevos aires de recuperación del capitalismo, no es posible olvidar que la globalización actual se asienta sobre la llamada “macroeconomía de los desequilibrios”, que muestra importantes debilidades de mediano y largo plazos de la economía y la sociedad americana, frente a China fundamentalmente.
Tercero, que China, a la chita callando ha venido construyendo una trama global de relaciones económicas que se extiende a casi todo el mundo.
Ese diseño, en su territorialización económica no existe del lado del mundo libre. Un buen día podríamos observar, con pavor, que la nueva geografía económica mundial, más allá de los referentes militares y políticos del presente, responderá a la diplomacia china; es verdad, económicamente capitalista; pero políticamente comunista.
Ese día, si no se le antepone una estrategia válida, será un punto de inflexión preocupante, posiblemente con el beneplácito de los halcones del “coordinated development”.