Después de la retirada de la expedición bipartidista estadounidense que permaneció en esta isla unos tres escasos días, han brotado los más diversos comentarios entre los analistas de oficio y los de la calle, que en ocasiones poseen mayor olfato.
Y en este rosario de opiniones locales algunos opinan que el presidente interino y promotor del inicio de conversaciones, el general de Ejército Raúl Castro, debió comparecer en algún momento ante los congresistas. En contra de lo manifestado por el propio hermano del octogenario líder, este sector de opinión sigue insistiendo en que Raúl debía haber estado presente en todos los actos en los que participaron estos congresistas gringos.
Los del otro bando, en mayoría, piensan que no era necesario tal encuentro, que por el momento basta con las personalidades que le recibieron que no fueron otras que el presidente del Parlamento, el ministro de Relaciones Exteriores, el jefe de las Relaciones Internacionales del partido comunista y hasta el presidente del Banco Central de Cuba.
Por aquí los hay, y fuera de la frontera también, que retoman aquellas palabras de Raúl Castro hace algunos años cuando declaró en las cercanías de la Base Naval de Guantánamo, ocupada ilegalmente por EEUU, que resultaba “mejor negociar con Fidel en vida”. Esto, como es de suponer, trae consigo una incertidumbre que sólo el tiempo puede desentrañar, pero eso sí, ha sido Raúl quien en menos de cuatro meses ha hecho pública la disposición al diálogo.
Señores, que para empezar no resulta tan mal.
Que el diálogo será difícil no lo duda nadie. Habrá que comenzar con numerosos puntos comunes, de impostergable necesidad para ambas naciones y luego pasar a otros detalles no menos necesarios y de sumo interés popular y nacional.
Muchos son los entretejidos detrás de estas conversaciones recién iniciadas y que serán más en el futuro. A las claras ya puede notarse a quién le interesa la mesa y quién no. Un titular de un diario de Miami aseguraba que los congresistas llegaron “con las manos vacías”; más que pluralidad de opinión denota poca simpatía ante tales contactos o tal vez un frenesí incoherente.
Ojalá se produzcan pronto los nuevos acercamientos y la cultura del debate se imponga. Mientras tanto, en las calles de La Habana, la gente ha dejado a un lado ese pasaje hasta que sea reeditado y se acerca cada vez más a la problemática del día a día.
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