Terminó la Cumbre presidencial del Mercosur. Destaca nuevamente Chávez, otra vez para la vergüenza nacional venezolana.
Dos nuevos “¿por qué no te callas?”, ahora del presidente uruguayo; la poco destacada noticia de su oposición a relaciones comerciales preferentes con Israel, evidentemente por su cercana relación con el fundamentalismo iraní; ningún avance en la incierta adhesión de Venezuela al bloque, en razón de la resistencia de los parlamentos de Brasil y Paraguay a ratificar su ingreso por temor al vicio de su populismo e intervencionismo; sus declaraciones: una, en su show en el Paraninfo de la Universidad de la República, textualmente: "Aquí somos todos de izquierda, y de una izquierda cada vez más radical"; otra: “No nos obliguen a hacer una revolución violenta en Bolivia”, nos muestran la real intención del tiranuelo venezolano en su acercamiento a los países del bloque.
Y es que los estrechos límites ideológicos de Chávez, su evidente ignorancia y desdén de los temas económicos y su aviesa intención política no gratifican, para nada, los ideales y fines nacionales venezolanos y regionales latinoamericanos de avanzar en alguna forma de integración comercial y productiva. Agréguesele el parasitario acercamiento de la larga fila de gobernantes y “empresarios” de la región y del mundo al filón de los fáciles petrodólares venezolanos derrochados por Chávez y constataremos estar frente a un severo límite a la acumulación reproductiva necesaria a la presencia y competitividad en el complejo “concierto global” actual.
Lo existente hasta ahora en el terreno de la integración regional tampoco abona mucho al establecimiento de un modo de desarrollo que honre –en lo inmediato, en razón de las urgencias sociales, pero también para siempre- las expectativas depositadas en América Latina. Requerimiento aún más decisivo en un momento de una fase de crecimiento bienvenida, pero sobre bases temporales (ya en fase de declinación, a pesar del optimismo cepaliano ) y tradicionales (auge de precios de sus materias primas) y tiene como efecto diferir los análisis necesarios para su sostenibilidad e integralidad de largo plazo.
En un mundo global, los retos son globales. El “proyecto regional” debe ser uno que reconozca la esquiva y compleja naturaleza del proceso marcador del mundo actual. Proceso al cual nuestra región se adscribe con tropiezos. La región latinoamericana en general se ubica rezagada en la aceptación misma del mundo global o en la comparación con los esfuerzos de integración como el europeo.
Y no es sólo el retraso. Además, está la insuficiencia de las agendas: atascados en las asimetrías de algunas iniciativas (Mercosur), en el disenso de otras (Comunidad Sudamericana), en el Caballo de Troya del ALBA, en la inexistencia de una iniciativa seria regional (la larga historia burocrática de Alalc–Aladi), la falta de fuerza de las más ambiciosas (SELA), el riesgo de devaluación de las cumbres iberoamericanas y la preponderancia del tema de la liberalización comercial, los asuntos que representan el abordaje directo de las tareas del desarrollo o los procesos para la concreción territorial del crecimiento están aún ausentes o reciben un tratamiento ritual o desigual.
La pregunta sigue abierta: ¿Cuál integración latinoamericana o hemisférica?
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