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Año X - Madrid, viernes 25 de enero de 2008
 
Opinión
 
Mercosur-Israel, aunque usted no se lo crea

Juan Varde (Buenos Aires)

“Ripley”, no que va, después de tanto tiempo, ustedes piensan en el último éxito del trío Los Panchos. No, estimados lectores, créanlo, la otrora entelequia del Mercosur ha firmado un acuerdo de libre comercio con Israel,  luego de dos años de negociaciones. Un  hecho concreto que  muestra un significado por demás particular, por cuanto representa el primer y único acuerdo comercial de esta naturaleza por fuera de América del Sur. Existe otro de similares características que comprende al Mercosur y  al Pacto Andino, en un contexto peculiar que va integrando bilateralmente a las naciones hasta confluir en un acuerdo único, a los 15 años de su firma, es decir, en 2018.

Así, por obra de la providencia y luego de 17 años de su creación, no deja de ser insólito o plausible, según desde el punto de vista desde donde se mire, que no se hubiese podido salir de la región para entablar relaciones bilaterales de libre comercio. Esta sequía de acuerdos con el exterior indica la escasa propensión de los integrantes del Mercosur,  especialmente la Argentina y Brasil, para abrir sus fronteras al comercio internacional. Por otra parte, el ejercicio de estas negociaciones ha mostrado la dificultad para armonizar posiciones por parte de cada uno de sus miembros, propensos a situar por encima de los beneficios que en conjunto el bloque puede redituar, a -y como es ya costumbre por estas latitudes- las apetencias personales de parte de los gobernantes,  de por sí  sujetos a posiciones defensivas en sus respectivas áreas industriales y de servicios.

El acuerdo con Israel se puede definir como pequeño, ya que Israel tiene sólo siete millones de habitantes, pero que vaya si lo compensa con un ingreso per cápita que suma 27.000 dólares, propio de naciones desarrolladas y cuatro veces más alto que el promedio de las naciones del Mercosur. 

La  composición productiva  de Israel se diferencia notablemente de la del Mercosur, ya que se caracteriza por bienes industriales muy competitivos y en cambio su economía agrícola es limitada, lo que exigió esfuerzos negociadores importantes para lograr un equilibrio entre ambas dotaciones productivas. La liberalización mutua tendrá plazos desde el ingreso inmediato, libre de aranceles, hasta cronologías de cuatro, ocho y diez años, al cabo de las cuales imperará el libre comercio, con algunas excepciones basadas en cuotas.

Han tenido marcada influencia para ello la magnitud de los acuerdos bilaterales de Israel, principalmente los que le ligan con la Unión Europea y con EEUU, que representan los dos tercios de su relación comercial con el mundo.

Se espera entonces que la apertura basada en el acuerdo permita a los exportadores del Mercosur incrementar sus ventas ahora limitadas por la desventaja comparativa que representan los compromisos de Israel con otras naciones.

Si el acuerdo con Israel implicara una decisión de salir al mundo en busca de más y mejores negocios se trataría de una buena noticia. Ocurre que el mundo registra cientos de acuerdos bilaterales que  a medida que  recorren el camino provocan la reducción de aranceles mutuos, otorgándose preferencias comerciales en desmedro de la competitividad que, como es reconocido, aflora como uno de los puntos más débiles  que muestran los países integrantes del bloque sudamericano.

Mientras madura la Rueda Multilateral de Doha, que representa un freno a dicha merma competitiva, qué mejor que firmar acuerdos bilaterales, que constituyen la vía ideal en la lucha por ganar mercados. Un buen ejemplo lo tenemos a la vuelta de la esquina: Chile que, ejerciendo una línea de conducta coherente, sale a la búsqueda y concreta acuerdos en los cinco continentes, incluido el de China, ahora su principal mercado, además de los de Japón, Corea, EEUU, la Unión Europea y los de naciones de América del Sur y Central. El éxito acompaña esta política porque el país andino acaba de anunciar exportaciones de 67.000 millones de dólares en 2007, con un superávit de 25.000 millones.

Sólo nos queda esperar que la experiencia que representa la firma del acuerdo con Israel, no sea exclusivamente una gota de agua en el mar, sino que proyecte la apertura del Mercosur al mundo. De una buena vez, y para siempre, sus integrantes tienen la oportunidad, única. No la desperdicien.

 
 

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