Por todas partes, se habla de la necesidad de un nuevo modelo energético. Tendría que ser hecho a base de distintas energías. Y, sin duda alguna, habría que contar con la energía nuclear. Por todas partes, aparece el anuncio, o ya la realidad, de que esta energía ha entrado, o entrará en funcionamiento de forma radical, en una fecha más o menos breve.
Así la política del Gobierno actual italiano se orienta a que la energía nuclear y las energías renovables contribuyan, cada una, en un 25 por ciento a la generación total de electricidad, lo que significa la construcción de ocho ó diez reactores. El ministro de Desarrollo Económico, Claudio Scajola, ha declarado en una reunión para celebrar el 50 aniversario de la creación de la Agencia Nuclear de la OCDE, que la parada de todas las centrales nucleares en Italia en 1987, como consecuencia de un referéndum, había “dejado a Italia como el único país del G8 sin energía nuclear y la había convertido en el mayor importador de electricidad del mundo”. Las pérdidas de la mencionada parada habían costado a Italia 50.000 millones de euros.
Por otra parte, Polonia que obtiene del carbón un 90 por ciento de sus necesidades energéticas, proyecta construir una central nuclear para el año 2020. También las empresas Electricité de France (EDF) y la china Guangdong Nuclear Power han formado una empresa conjunta para construir en Taishan dos reactores EPR cuya referencia será el reactor Flamanville-3, actualmente en construcción en Normandía (Francia).
Y así podríamos citar multitud de otros casos.
Un reactor nuclear tiene tres componentes esenciales, que son combustible, refrigerante y moderador. El material fisionable puede ser U-235, U-233 o también plutonio-239. El refrigerante puede funcionar con agua ordinaria, agua pesada, gas o metal líquido, mientras que el moderador admite también diversas posibilidades, como son el grafito o el berilio. Se ha afirmado que, contando todas las combinaciones posibles de combustible, refrigerante y moderador, se pueden construir alrededor de mil reactores diferentes.
La energía nuclear empezó históricamente de una forma desgraciada. Las bombas atómicas, que acabaron con la guerra de Japón, dieron una primera impresión de que esta energía era eminentemente destructiva. Vino después el programa Átomos para la Paz, que tenía como misión difundir al mundo civil los beneficios de la energía nuclear. Este programa fue presentado ante la Asamblea General de la Organización de Naciones Unidas (ONU) en 1953 por el ya entonces presidente de Estados Unidos, Dwight David Eisenhower. “Para hacer que llegue antes el día en el que el miedo al átomo comenzará a desaparecer de las mentes de la gente... existen ciertos pasos que podemos tomar ahora. Comenzaba la aplicación de la energía nuclear con fines pacíficos”. Había fracasado cuando se intentó aplicarla al tráfico aéreo y había tenido un éxito cuando se aplicó al tráfico marítimo. Ahora se invitaba a aplicar esta forma de energía, entonces novísima, a la vida civil.
Pero en la mente de las gentes quedan dos sucesos desgraciados. Uno tuvo lugar en 1979 cuando en la isla de las Tres Millas, en Pensilvania, el fallo de unas válvulas, dio lugar a que se produjese, durante varias horas, una situación de emergencia, fundiéndose casi un tercio del núcleo de un reactor. Aunque 140.000 personas fueron evacuadas, la sólida estructura, que rodeaba al reactor limitó la extensión de los daños, aunque se produjeron escape de agua y gases radiactivos. Pero el accidente de 1986 fue peor. Un operario de la central nuclear de Chernobil, próxima a Kiev (Ucrania), permitió que descendiese demasiado el nivel de radioactividad de uno de los reactores. Al intentar mitigar su error, se produjo una explosión de vapor, a la que siguió una explosión del grafito, que se utilizaba como moderador. La emisión de residuos radiactivos alcanzó a todos los países situados en el hemisferio norte, aunque fue en la Unión Soviética donde la contaminación alcanzó algunas zonas, que hizo imprescindible el reasentamiento de más de 100.000 personas.