Esta isla donde vivo, y en la que en algún momento recibiré atea sepultura, por momentos se asemeja a una lámpara maravillosa que, a merced de una simple frotada, unos puntapiés y hasta tal vez un martillazo, aparecen no uno, sino decenas de genios. Genios algunos con un sentido común admirable, y otros con un sentido muy preciso del golpe testicular.
Ahora mismo, a uno de esos genios matemáticos se le ha ocurrido subir el precio de unas sardinas venezolanas muy socorridas, marca Peñero. Si hasta hace unos días su precio era de 0,85 pesos convertibles la lata, a partir de ahora serán 1,15. Treinta centavos más (un 35% de subida), como si en este país la gente común pudiera darse ese lujo con un dinero que no forma parte de su salario.
Estas sardinas venezolanas, con un peso neto de 425 gramos (y escurridas de 300), aparecieron durante una feria internacional de Comercio hace relativamente poco tiempo. Público fue el elogio del presidente Fidel Castro, así como su pronta compra y anuncio de distribución al pueblo cubano.
Todo se hizo así, excepto que los suministros de sardinillas fueron a parar a la venta en divisas y no a los establecimientos que venden en moneda nacional, como muchos esperaban. A pesar de ello, y con un precio tan asequible, pronto ganaron gran preferencia en los hogares. Con ellas, las amas de casa -y el resto de cubanos que no lo son- las cocían junto al arroz, le agregaban rodajas de cebolla o simplemente hacían pasta de bocaditos o croquetas para varios días y para varias personas. Esto, bajo esa gracia aprendida en tiempos más que difíciles donde el gofio (harina fina de maíz tostado) milagroso fue convertido en picadillo de res o la corteza o cáscara de la toronja (fruta similar a la naranja) en un bistec empanizado.
Menuda jugadita la del genio. Acostumbrar al consumidor a adquirir las sardinas a 85 centavos y de la noche a la mañana poner la varilla tan alto que hasta el recordman mundial y olímpico Javier Sotomayor se lo pensaría dos veces. Sobre todo en un momento de vacaciones escolares en el que los niños sólo cierran la boca cuando están dormidos y, desafortunadamente, la cartilla de racionamiento es incapaz de cubrir tanta avalancha de personas sin merendar o comer en escuelas o centros de trabajo. Y algo más, que ante una venidera temporada ciclónica, nada mejor que guardar en reserva unas cuantas latas, acción ahora menos probable y que le franquea el paso a la ‘archiconocida' lata de carne rusa por un peso convertible.
El genio en su encierro olvidó este pormenor y sólo pensó en que por cada unidad que ahora venda se lleva treinta centavos más. Así de claro, como nos lo explicaban de niños en la escuela, que el malo capitalista cuando se percataba de que el producto tenía demanda entonces lo subía y cuando no, lo echaba al mar o a los ríos. Y que conste, que jamás en ningún estante nadie se tomó el trabajo de anunciar que eran precios promocionales, sencillamente porque en nuestro socialismo eso no existe.
Con ningún sentimiento humano se debe jugar y con los del estómago mucho menos. Los consumidores se han sentido tan molestos como con ese otro plan de mister George Bush de enviarnos con urgencia, y entre otras cosas, agua cuando un impuesto gobierno de transición decida dar sus primeros pasos hacia una democracia fabricada en EEUU.
Valdría -aunque de broma- preguntarse si estaría lo de la sardina en ese acápite secreto que no han querido dar a conocer los gringos por razones de seguridad nacional.
Lo que en esta sección semanal se trata hoy no es del incremento de la langosta viva, el pescado fresco o carnes exóticas como el avestruz, el cocodrilo o el venado. En modo alguno hablamos tampoco de esas carnes rojas importadas desde la Argentina o el Uruguay, sino de una oferta que ha venido a solucionar problemas y nos ha tendido una emboscada.
Pececillo tan diminuto y salvador no merece más atención. Los vietnamitas, en sus casas-almacenes, no se han rezagado en el alza.. De 80 centavos a un peso convertible. A lo hecho, pecho, dirá el genio. Sardinas con intenciones de piraña. |