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Año VII - Madrid, viernes 14 de julio de 2006
 
Opinión
 
Perú: Segundas partes

Juan Varde (Lima)

 

Pasado el fragor de la campaña, la lucha por alcanzar el objetivo, y ya con la Presidencia de Perú en sus manos, Alan García Peres comienza una etapa que bien puede ser visualizada como esperanzadora.

En principio, la victoria de García sobre su contrincante Humala ha devuelto la confianza a los inversionistas internacionales y el equilibrio en los mercados es considerable. Por supuesto que es importante consolidar la política exterior, pero coincidimos en que no es de tenor menor consolidarla ante sus propios ciudadanos.

Sabido es que muchos peruanos han optado por Alan García como el mal menor. Es totalmente cierto que la diferencia de votos, analizada detenidamente, no coloca al presidente en una posición muy cómoda que digamos. Humala ganó en 15 de los 24 departamentos, con el 80% de los sufragios de la población más empobrecida, y por consiguiente, la más exigente a la hora de reclamar reformas profundas. García, en cambio, se impuso en los departamentos más ricos, y en la capital, Lima, donde se concentra la tercera parte del electorado y donde, como ocurre en las ciudades cosmopolitas, es de suponer que los ciudadanos avizoran más ampliamente sobre su país y sus necesidades en todos los aspectos.

Cierto es que el triunfador abogó por un gobierno de unidad, pero existe la sospecha de que no incluiría a Unión por el Perú, el partido de Humala. Por otra parte, sus socios en el triunfo, especialmente los votos aportados por la conservadora Lourdes Flores y otros partidos de la centroderecha, indudablemente reclamarán su contrapartida de poder.

García, sin dudas, deberá luchar contra la polarización en un país donde la exclusión social marca a fuego a millones de peruanos. Así, Humala anunció que le hará cumplir las promesas de campaña, entre otras, la reforma constitucional para modernizar el Estado, profundizar en la descentralización, mejorar los servicios básicos y la infraestructura, y, por sobre todo, combatir la pobreza, el narcotráfico y aumentar el empleo, menuda tarea. Sin embargo, es el único camino para que Perú deje atrás un pasado económico, político y social oscuro, al cual García, no olvidemos, contribuyó durante su nefasta administración, entre 1985 y 1990, cuando provocó la despiadada crisis económica, con la que dejó libre el camino para la llegada de Alberto Fujimori.

El equilibrio con sus vecinos representa también otro desafío para el nuevo presidente. En primer lugar, con el hoy contrariado presidente de Venezuela, Hugo Chávez Frías, recordemos los últimos intercambios de ‘gentilezas', que sirven para preguntar cuál será el futuro de las relaciones. Sin embargo, García ha manifestado su deseo de mantener buenas relaciones con respeto, con Venezuela, afirmando que no le interesa liderar un movimiento regional anti-Chávez, siempre y cuando no haya injerencia en los asuntos internos de su país. Convengamos que, una actitud prudente, no puede menos que despertar el apoyo total del resto de los países.

Alan García tiene a su favor, por un lado, el determinante crecimiento económico, herencia del Gobierno de Alejandro Toledo, y por otro, su asignatura pendiente, borrar de la imagen peruana, con una buena gestión, el mal recuerdo de su primera administración.

Es de esperar que pueda satisfacer a los ciudadanos que le brindan una segunda oportunidad, y a aquellos que no lo votaron y que son, sin lugar a dudas, los que más necesitan de su inteligencia como dirigente, que es bien reconocida, para vivir dignamente, esperanzados en un futuro de un Perú mejor.

 
 

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