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Año IX - Madrid, viernes 20 de julio de 2007
 
Opinión
 

Pesadillas veraniegas

Aurelio Pedroso (La Habana)

Ante la llegada de veranos como este que nos consume, desde que ponemos un pie en tierra (y también antes en la cama para muchos), en muchas modalidades y deberes de la vida debería establecerse una tregua para trabajar, hablar y escribir lo menos posible. Sólo lo estrictamente necesario y con un mínimo de información imprescindible.

No por gusto medio mundo se toma en julio y agosto los días de vacaciones y se pierden en un monte, playa o río para descansar y olvidarse momentáneamente de este mundo tan convulso y con desgracias a diestra y siniestra.

Pero en Cuba no es tan así en lo que respecta a largarse a uno de esos sitios por una simple razón: no hay medio de transporte en el que moverse ni mucho menos capacidad de alojamiento para todos los aspirantes, sino para algunos agraciados.

De modo y manera que las vacaciones en casa y cuando mucho a dar una vuelta por las cercanías del hogar si algo vale la pena.

Los jóvenes son otra cosa. Hay sangre, temperamento y capacidad para salir a la calle y divertirse cada cual según sus opciones, que son única y exclusivamente dos: aquellos a los que sus padres le puedan proporcionar pesos convertibles (divisa dura) y los que sólo alcancen al poco útil peso cubano, moneda con la cual se le paga el salario a sus progenitores.

Así tenemos que unos pueden ir a la piscina de un hotel de lujo y pagar 20 pesos convertibles (480 pesos cubanos o unos 16 euros) por cabeza y otros sencillamente al Malecón y a aspirar, por uno o dos pesos cubanos, a un granizado.

Esto, que aquí se le ha dado por nombre “desigualdades”, está siendo objeto de extremo seguimiento sin llegar aún a una respuesta final.

Los adultos quizás sean los que más sufran. Cierta vez fueron jóvenes bajo un socialismo diferente al actual. El peso cubano valía hasta para ir a un hotel o al mejor de los restaurantes habaneros. Entonces la ciudad se podía recorrer en autobuses que llegaban justo a la hora indicada ante cada parada en las que aguardaba un inspector de Transporte dispuesto a notificar al rápido conductor que en vez de arribar en el minuto 23 lo hacía en el 21.

Son ni más ni menos los tiempos que reclama la gran mayoría de los cubanos. Fundamentalmente cuando llega el verano cuando, repito, lo mejor es hablar poco y escribir otro tanto.

 
 

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