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Año X - Madrid, viernes 17 de julio de 2009
 
Opinión
 
Una historia buena y una mala

Santiago José Guevara García (Valencia, Venezuela)
sjguevarag@gmail.com

Estamos por entregar, para publicación comercial, una obra doctrinal para la nueva política democrática nacional. Lo que sigue es el arranque de su presentación.
 
“No todo es malo, tal como es frecuente escuchar dentro de la manipulada historia chavista, en la vida democrática y republicana de la Venezuela desde mediados del siglo pasado hasta ahora.

El estatuto electoral de 1946, la Junta Patriótica que combatió la dictadura perezjimenista, el denostado Pacto de Puntofijo, los gobiernos de coaliciones partidistas e independientes en la época crítica de los ’60, la continuidad de la política de sustitución de importaciones y del Proyecto Guayana, la calidad organizativa de AD en los ‘60, las críticas de Petkoff al socialismo real y el empuje y amplitud inicial del proyecto masista, diversas experiencias institucionales (política sanitaria, educación pública de los ’60, el viejo MOP, etc.) son referencias destacadas –no las únicas- necesarias.

Nos interesa, muy utilitariamente a los fines de esta obra, resaltar los esfuerzos de construcción de experiencias políticas modernas desde el punto de vista del modelo organizativo y de autoridad de los colectivos militantes y del amplio concepto de Estado.

No se necesita haber sido partidario de Acción Democrática (partido socialdemócrata, líder en esa historia)  –en mi caso, nunca lo fui y, más bien, la adversé en diversas oportunidades- para afirmar que el mejor ejemplo de un partido político democrático y moderno en la Venezuela del último medio siglo es el llamado “Partido del Pueblo”. Al menos, entre mediados de los ’50 y finales de los ’60. Asociado, para el manejo de  interés a esta obra, en rol de liderazgo claro, a la iniciativa del pacto de unidad suscrito en 1958 y a la obra de gobierno de coalición partidista de los diez primeros años del ciclo de democracia iniciado a la caída de Pérez Jiménez. Corto, pero interesante lapso.

AD mostró, al menos en la época de plena vigencia del espíritu del Pacto de Punto Fijo, el cual, muy personalmente sitúo, en contra de la opinión incluso de sus artífices,  entre 1958 y 1968, cuatro atributos que nos interesa destacar:

1º) Su apoyo en la organización colectiva del partido (una estructura autónoma y con dinámica propia, que permitió que Raúl Leoni ganara la candidatura a la presidencia de 1963 en contra de la preferencia del líder histórico y presidente de la República, Rómulo Betancourt)

2º) Su extraordinario apego a la alternabilidad (Rómulo decidió tajantemente, no aspirar a reelección alguna después de su presidencia y Gonzalo Barrios, en 1968, propugnó el reconocimiento del ajustado triunfo de su oponente privilegiado por los votos)
 
3º) Su profunda creencia en el valor ético, pero también práctico, de lo doctrinal amplio (era normal, en los adecos tradicionales, evaluar sus gobiernos en función del avance en el “cumplimiento” de su doctrina o tesis) Y:

4º) Su compromiso con los pactos interpartidistas (fue el término usado en Punto Fijo) para fines no sólo parlamentarios, sino, sobre todo, gubernamentales.

Podemos perfectamente afirmar que la organización colectiva partidista, la renovación, un proyecto éticamente e ideológicamente basado y los acuerdos políticos eran elementos relevantes de la racionalidad política de AD y de la política democrática en la época. 

Contradictoriamente, la política venezolana a partir del ’68, y sobre todo 1973, en vez de avanzar, involuciona desde el punto de vista del progreso del modelo político y de autoridad, a formas carismáticas o tradicionales, en combinación con el uso progresivo del marketing político y la influencia mediática. Eso crece y se derrama desde entonces a ahora, (…), y hay que decir que explota en la situación  actual, en la cual, el rasgo principal (…) es la exacerbación de la primacía del jefe; en este caso, de una logia militar, sobre la base de un planteamiento patológicamente personalista”

Lo primero es bueno. Y nuestro. Lo último, también, pero malo. Y debe acabar.
 
 

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