Uno de los pasajes más de nuestro gusto en la elaboración de las bases políticas y estratégicas de la nueva política democrática nacional es la formulación de un Proyecto Nacional de Desarrollo. Es un insuperable reto. No hay una receta única. Es tema abierto a la creatividad, aunque con respeto a las disciplinas de apoyo. Tema importante como incentivo político. Nos permitirá disponer de ventajas distintivas para el progreso y la política, desconocidas hasta ahora.
Lo primero es la secuencia temporal de su elaboración. En estas cosas, aunque resulte difícil comprenderlo, el futuro precede al presente. Se arranca con la “Visión de País”: el norte necesario, la orientación para la bitácora y la definición de los resultados finales esperados. Se sigue con el “Pacto de Gobernabilidad”, a ser suscrito en el presente: el punto de partida, un gesto de amplitud, profundidad, seriedad y formalidad de la clase dirigente, en la suscripción de un acuerdo formal con una permanente garantía de control social, un compromiso firme del sistema político y un contenido evaluable. Después va la transición: el paso de la pesadilla chavista al sueño democrático, republicano y de progreso; período de dificultades y posibles turbulencias, con la función de adecuar la república, vía una profunda práctica democrática. Finalmente, un Programa de Acción a diversos plazos: relevante para la construcción definitiva de futuros, de tres a cinco gestiones de gobierno sucesivas, cuyo mayor cometido es el mantenimiento de un rumbo sostenido de buen gobierno, cambio y adecuación.
Lo segundo es la identificación de los retos medulares en cada hito. Para la “Visión”, en nuestra aproximación, lo fundamental es la base en un modelo analítico: instrumentamos uno de tres componentes: a) una meta clara de país exitoso; b) un clima de confianza y organización social; y c) constancia y evaluación permanente de la viabilidad de realización. Para el “Pacto”, también tres componentes, en un mismo documento: a) Un "Compromiso" de sectores sociales garantes, inclusivo de todo lo demás; b) un "Acuerdo" de los factores políticos, suscriptores del acuerdo electoral, de gobierno y parlamentario, y c) un "Texto" que establece propósito, metas, medidas, medios y acciones del desempeño de todos los firmantes. La transición, por su parte, se monta sobre la diferenciación entre trabajos de adecuación y realizaciones convencionales de gobierno, dentro de los cuales, lo no convencional es la mención explícita de lo primero, generalmente obviado. Finalmente, el Programa se exige un proceso de cambio sostenido exitoso, que debe entenderse en su triple atributo de gestión ordinaria satisfactoria, patrón de cambio y mantenimiento de la mejor adecuación posible.
Lo tercero –y último- son los contenidos. Visión, pacto y transición los contienen desde ya. En una primera aproximación, pero que señalan el escurridizo “cómo” de la difícil tarea. La Visión se apoya distintivamente en ventajas comparativas para la exportación nuevas: por ejemplo, polos logísticos, de producción y servicios, a partir de ventajas portuarias y aeroportuarias y una nueva región turística litoral, de base urbana y fuera de la zona americana de huracanes. Pacto y transición también tienen sus propios elementos innovadores. El Programa, tal como disponible hasta ahora, es más un continente que un contenido. Este último, en su secuencia de ciclos de gobierno se irá especificando a través de la planificación de cada gestión.
“Lograr al menos aceptar la necesidad de avanzar en el sentido de definir y aplicar lo que bosquejamos, es ya un logro. Relanzar el país lo es todavía más. Ese es el reto. El día que lleguemos a ello será el de montarnos en el podio y brindar con champaña. Es el arranque de una nueva historia, y eso hay que celebrarlo. Porque nos lo merecemos.”