Cualquier cubano que peine canas, o en su brillante calva alguien pueda ver su pasado cual si fuese mágica bola de cristal, tendrá a los chinos en buena memoria.
En primer término porque no puede obviarse el papel que jugaron en la formación de la nacionalidad cubana, aún a sabiendas de que no fueron muy dados a mezclarse habida cuenta de creencias religiosas, comerciales o de otro tipo. Eran cerrados aún para con otros paisanos que provenían de otros sitios del gran imperio o del propio EEUU. A pesar de ello, ahí estaba esa frase ya olvidada y reflejo de la idiosincrasia popular: “Mulata, busca un chino que le ponga un cuarto (habitación)”
¿Quién no le compró dulces a un chino? ¿Quién no mató el hambre en las baratas fondas enclavadas por toda la República? ¿Quién no le compró para festejos de carnaval, fiestas, travesuras u otros menesteres esos petarditos que hacían saltar al más bravo de los reunidos? ¿Hortalizas no se comieron en casa provenientes de manos laboriosas tan ágiles como las que día y noche trajinaban en un tren de lavado?
No faltaban los chinos en el tristemente desaparecido teatro bufo o vernáculo junto al negro, la mulata y el imprescindible gallego.
Los chinos en Cuba han cosechado historias para varios tomos. Buenas y malas porque en algunos momentos las relaciones no han sido del todo felices. Angola fue un ejemplo “extraterritorial”. Los cubanos apoyaban al Movimiento Para la Liberación de Angola (MPLA) y los chinos al Frente Nacional para la Liberación de Angola (FNLA). Éramos enemigos.
En fin, que así son las cosas de este mundo. Muy circunstanciales. Lo cierto es que hoy por hoy los chinos ocupan el segundo lugar en el mercado cubano. Justo entre venezolanos y españoles.
Ciertamente, han ido a renglones básicos y estratégicos de la economía nacional. El níquel es el ejemplo más elocuente. También el petróleo, con torres de perforación inconfundibles por las características de la escritura oriental.
Y hacia la calle, hacia donde palpita la vida diaria de sus gentes, comienzan a aparecer en oportuno momento ómnibus para el transporte interprovincial, locomotoras para recuperar la vigencia del ferrocarril y hasta unas pequeñas furgonetas al servicio de averías o mantenimientos en las redes eléctricas. El casi inexistente transporte público en La Habana ha comenzado a beneficiarse con nuevos autobuses, algunos de los cuales deben detenerse ante el primer semáforo (y ojalá no el último) que ofrece hasta los segundos de permanencia de la luz verde.
Después de tantos años de ausencia, han vuelto los chinos con fuerza. Rara es la vivienda de un cubano de a pie que no disponga de un televisor chino marca Panda . Mi abuela, que en paz descanse, me dejó de herencia un radio Panda , de bombillos, que aún funciona y que entró a la isla al comienzo de los años sesenta, cuando vino aquel circo con 16 chinos encima de una bicicleta. Y de eso ni hablar, a principios de los noventa la isla se inundó de esos artefactos de dos ruedas, gran peso y mucho coraje del ciclista para engullir agobiantes kilómetros diarios no en plan deportivo, sino como necesidad de subsistencia.
Son numerosos los artículos a los que tenemos acceso. Excepto aquella salvadora carne enlatada, que al faltar la proveniente de la Unión Soviética, más de un ama de casa alertaba a la vecina gritándole “¡Juanita, que vino la carne rusa china a la bodega!”, ya en los establecimientos de venta en divisas se puede adquirir lo mismo una linterna, que una jaulita con un pajarito que a la primera alteración del volumen comienza con un trinar cuasi perfecto.
Larga la lista y no estoy ni me pagan para promociones chinas. Lo último han sido las cajas fuertes en tiendas especializadas en seguridad doméstica o empresarial. Las hay de diversos tipos y medidas, según el espacio destinado a joyas, documentos o dinero. Lo asombroso es que la gente las está comprando y no les pregunte para guardar qué cosa, que eso es indiscreción aquí en La Habana y en Pekín o Beijing, como ahora le dicen.
Han vuelto los chinos a Cuba. Aquí se les estima y nadie olvida eso, que son tan chinos como aquellos primeros que, a falta de voz, según algunos estudiosos, tocaban una campanita o la famosa trompeta. |