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Año VII - Madrid, viernes 30 de junio de 2006
 
Opinión
 
Democracia en América Latina

Juan Varde (Lima)

Sabemos que la democracia es condición necesaria pero no suficiente para lograr el bien común. Por sí sola no genera gobiernos ejemplares; a  lo sumo, permite cambiarlos.
Vivir en democracia como forma no nos garantiza vivirla auténticamente. Como toda creación humana es permeable y hasta puede degenerar en gobiernos  no deseados. Por ello es necesario asumir que para que la democracia sea lo que verdaderamente aspiramos, debe de complementarse con las mejores y sanas virtudes políticas del ser humano. Y privilegiar el amor a la patria sobre toda apetencia personal. Debe primar el altruismo, la honestidad y el sacrificio. Todo ello utilizando el sentido común y la razón.


Para el logro del éxito es, pues, indispensable gobernar bien, lo que implica tomar decisiones sabias, que identifican y resuelven definitivamente problemas de orden público, con el menor coste posible.


Los partidos políticos tienen hoy programas confusos y sobre todo poco comprometidos, con escasez de perdurables y eficaces políticas de Estado. Debemos aceptar que en la región la ausencia de estadistas es cosa común; sólo gobiernan pensando en la próxima elección, no en la próxima generación.


Además, diseñar buenas políticas para luego coordinarlas en un programa de gobierno en aquellas áreas que son responsabilidad indelegable de los Estados demuestra ser un tema de difícil resolución para el actual sistema político en la mayoría de los países de la región.


Así, no nos debe extrañar que los partidos cada vez expongan programas más confusos, menos comprometidos y más basados en iconos y slogans . No es raro que en estas circunstancias el pueblo soberano vote contra sus propios intereses, y no de la mejor manera.


El primer problema a resolver es el relativo a la conformación y organización del recurso humano que debe estar altamente capacitado para resolver problemas específicos de alta complejidad, como los de infraestructura, energía, salud pública, educación pública, medio ambiente, seguro social y el régimen de pensiones, la ocupación del territorio, la vivienda y la solución del déficit habitacional, etc.


Todos estos temas tienen en común que para ser resueltos requieren de una visión de país de largo plazo, tiempo de implementar las decisiones y, sobre todo, continuidad en la aplicación. Ejemplo de ello es Chile, al que muy pocos, o casi nadie, imitan en la región.


Naturalmente, no es fácil organizar una usina de pensamiento, que requiere de sus miembros una alta capacitación temática, dedicación temporal, compatibilidad doctrinaria y compromiso militante con los partidos políticos,  o sea, pensamiento crítico, que le dicen.


La carencia de estadistas contrasta con la proliferación de políticos prácticos, categoría que prioriza la acumulación de poder, el pragmatismo, la supremacía del corto plazo y el discurso efectista, que puede ser eficaz para la captación de votos, pero no para generar un verdadero plan estratégico de gobierno.


Dentro de los partidos, los grandes enemigos de la existencia del estadista son los males que incluso llegan a desnaturalizar a la propia democracia, cuya mera existencia tiende a desalojar la buena y proba política.

 
 

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