No reina mucho la alegría en estos días por la playa de Varadero, que padece de una baja tan notable que a todos lo que de una u otra forma tienen relación con el turismo, los mantiene angustiados.
Ese excelente tramo de playa en la zona de Kawama permanece completamente desierto como si fuese barrida la presencia humana por una extraña epidemia. Nada más se observan rondando por esas mansiones, otrora propiedad de millonarios cubanos, los custodios que parecen fundirse con los arbustos de uva caleta.
La gente aguarda por la temporada alta, por ese ir y venir de aviones cargados de turistas que optan alejarse del “todo incluido” y beber un buen café callejero, comprar alguna que otra artesanía, una botella de agua, cenar en algún restaurante, subir a una moto, a un dromedario de los del parque Josone o a un yate de recreo. También de paso darse su vuelta por las diversas iglesias y tener una atención con el cura párroco o pastor protestante.
No existe una sola persona que mire al cielo en busca de un avión que rompa la telaraña de un momento de depresión turística.
Hasta el intrépido Dragón Khan, que este columnista lo daba por muerto, lamenta que el balneario no viva un buen momento. Este ya famoso comedor de vidrios con espíritu de fakir, mantiene sus impresionantes actuaciones en villas para turistas cubanos que sólo premian sus cenas cristaleras con fuertes aplausos sin tener en cuenta que el Dragón, en su intimidad familiar, también gusta de las buenas carnes y pescados.
Un muy modesto hotelito muestra orgulloso las banderas de sus huéspedes. La cubana ondea en el centro y está escoltada, no por curiosidad sino por vivo reflejo del momento, por las banderas de España e Italia para salvar la honra de Europa, mientras que de este lado del océano aparecen las de Canadá y, obviamente, la de Venezuela.
La mayor atracción nocturna está en dependencia del bolsillo de cada cual y entre los asistentes priman jóvenes de localidades vecinas al pueblo o extranjeros que vienen por una o dos noches. La discoteca “La rumba” ha debido bajar de diez dólares el cóver (la entrada) a seis entre semana y siete el resto. Esto, sin consumición alguna. Aún así, la movida es impresionante dentro de ella hasta su cierre a las tres de la madrugada.
Otra alternativa para pasar la noche es el llamado “todo en uno”, un gran centro comercial y parque de distracciones al que acaba de llegar un toro italiano mecánico tan bravo, que ni forzudos vaqueros matanceros logran dominar en sus desenfrenados movimientos.
Para como de males, el tiempo no ha favorecido a los pocos visitantes de Varadero. Salvavidas de la Cruz Roja no permiten el baño por el fuerte oleaje. Aún así, los trabajadores del turismo saben que tal situación será transitoria, que mejores tiempos se avecinan.
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