Tal parece que los cambios o erradicación de prohibiciones anunciados por el presidente Raúl Castro el pasado 26 de julio llevan aparejados un bocadillo de un añejo culebrón cubano de los ochenta que rezaba: “Lento el paso, que hay precipicio”.
Y no está muy lejos de la verdad suponer que cambios estructurales llevan necesariamente su tiempo de estudio. Un desliz, un error será como ese remedio peor que la enfermedad máxime en una isla muy propensa a bandazos no siempre con buenos resultados.
Esta semana comienzan a erradicarse algunas de esas prohibiciones denominadas como las más sencillas, pero sin duda alguna dentro de ellas aflora, a mi juicio, una de trascendental importancia: el asunto de la tierra, de la producción agropecuaria. Un país con índices de nación altamente desarrollada y una agricultura de tercer mundo hacia abajo. La tercera parte de las tierras cultivables de la isla, están cubiertas de malas hierbas.
Algunas informaciones de todo crédito aseveran que se han efectuado múltiples reuniones con los campesinos y que los delegados municipales del Ministerio de la Agricultura serán investidos de poder suficiente para tomar cartas en entregas de tierras, fijar precios y asignar recursos para cultivarla. La burocracia nacional se puede convertir desde ya en un problema de solución local. Y esto, de cara a las granjas estatales, fincas privadas y cooperativas.
No pocos expertos están considerando que tal propósito del presidente Raúl Castro podría a la larga convertirse en una nueva revolución en el agro porque el problema actual de la alimentación de la isla será clave para empeños futuros e inmediatos.
Y mientras tanto, por la ciudad, media urbe pegando el ojo a un anuncio extraoficial de próxima venta a partir del uno de abril, de ordenadores, ollas arroceras y tostadoras eléctricas, televisores y hasta bicicletas que ruedan por baterías. Obviamente, venta en pesos convertibles, que no son precisamente los obtenidos mediante el trabajo porque el cubano gana en pesos cubanos, de valor 24 veces inferior al otro.
Un repaso a muchas de estas prohibiciones que deben pasar a la historia, están encaminadas al alivio del día a día. Justo al cierre de esta columna ha llegado que las recetas médicas serán válidas en cualquier farmacia de la isla y no como antes, que iban dirigidas a una sola, lo que traía en compañía una verdadera red de venta clandestina de medicamentos.
El transporte, al menos en la capital, ya resulta menos angustioso y de horas en espera. Los ciclos han bajado a diez-quince minutos en algunas rutas. Por muchos años, no se veía un autobús escuela adiestrando a nuevos conductores. Esto es otro muy serio problema si se quiere ganar en puntualidad al trabajo o que, como solía y suele ocurrir, que en un trabajador dejara todo su salario mensual en taxis particulares o “almendrones”, como aquí se les denomina a esos coches norteamericanos que circulan hace más de 50 y 60 años. Una pedrada al cristal delantero de uno de estos autobuses nuevos puede representar el pase a diez años de prisión del antisocial.
Falta aún derogar muchas más prohibiciones, reglamentos y disposiciones que agobian en las primeras horas de la mañana y se convierten en letales después de las doce del día en gestiones administrativas ante las direcciones municipales de la vivienda, inmigración y justicia en menor medida.
Cuba ha comenzado a moverse y no necesariamente ha salido publicado en la prensa local porque de una u otra forma, quien ha debido enterarse ya está sobre aviso.
Aun así, la gente en la calle sólo espera por nuevas y buenas noticias, sin suponer muchos que de ellos dependen también los cambios.
Quienes hace cerca de un año elaboraron más de un millón de propuestas pueden suponer que fueron escuchados en el propósito de salvar un socialismo que no gozaba de muy buena salud. |