La democracia venezolana iniciada en 1958 tuvo un corto lapso de modernidad y un prolongado proceso de desgaste que desembocó en la pesadilla chavista, un proyecto personalista, de clara intención totalitaria y marcado peso del militarismo y el populismo.
La democracia venezolana debe recuperar los parámetros fundamentales de una democracia moderna. Entre otras cosas, para no terminar de desperdiciar las inmensas oportunidades financieras presentes, de cara a su relanzamiento económico.
Pero, no están presentes las condiciones políticas para ello. El inmediatismo y la superficialidad imperan. La iniciativa para definir un nuevo pacto social ni siquiera existe. El tema del Proyecto de País resulta esquivo: la dirigencia política establecida desecha los aportes en ese sentido y lo “resuelven” con una ligereza inaceptable. La unidad política está atravesando, a pesar de las apariencias, por un trance difícil y traumático.
No hay, en la dirigencia partidista, un liderazgo esclarecido, de manejo profundo de la política misma y de los requisitos actuales para su ejercicio. Tanto que, la dirigencia virtual de la política de los sectores democráticos está en las ideas y manejos de dos editores, sin arraigo político ni redes para la organización y movilización.
Pero aún más, falla la elaboración doctrinal, política, estratégica y organizativa de la nueva política democrática venezolana. Análisis de situaciones, exploración prospectiva y estratégica, criterios de éxito en lo económico y lo social, prioridades nacionales, agendas de los diversos temas y sectores, agentes activados y trabajo político en el día a día son carencias actuales en el ejercicio político.
Dos de ellas nos parecen cruciales: la clarificación prospectiva y estratégica en el sentido del progreso, que no puede ser sino en términos de una economía fuerte y una acción estatal reguladora y reparadora y la activación de los agentes de progreso.
La exploración prospectiva y estratégica es el manejo de los futuros que se nos podrían venir encima y la determinación o construcción de aquél que nos conviene. En la era actual, ningún escenario puede confinarse sólo al ámbito nacional. Hoy, tengámoslo claro, no hay opción: o nos interesamos por el mundo o fallamos.
Sin embargo, los venezolanos somos refractarios al reconocimiento de lo externo, aunque resulte inevitable. Y seguimos aferrados al petróleo. La competitividad global, los bloques económicos y políticos, la geopolítica mundial y regional, la institucionalidad multilateral, las variables culturales planetarias, etc., son componentes determinantes y a veces decisivos –pero ausentes- de los escenarios presentes. Porque permiten definir el mejor proyecto de país posible.
Y aún falta la activación de los agentes de progreso. Es la puesta en juego de las capacidades humanas y organizativas disponibles, bajo claros criterios de orientación, información, motivación, organización, ejecución y control. Para el progreso, repito.
Suena sencillo, pero representa superar con hechos toda la cultura y, sobre todo, la práctica política establecida. Enfrentar las deformaciones, desviaciones, mañas, etc., que han llevado a la relación entre política y gente al nivel de desamor en que se encuentra.
O la distancia, rechazo, indiferencia o vergüenza de gruesos sectores que han aportado a la causa de la libertad y la democracia, pero no traspasan el umbral de la política organizada. Unos, víctimas de la parte oscura de la historia política referida; otros, no interesados, no convencidos o no enterados de que políticos somos todos.
Como ven, nada fácil el reto inmediato. Pero, absolutamente necesario. En eso andamos. Y en vez de conceder a la superficialidad, profundizamos la acción política.