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Año X - Madrid, viernes 29 de mayo de 2009
 
Opinión
 
¿A cuál país nos dirigimos?

Santiago José Guevara García (Valencia, Venezuela)

sjguevarag@gmail.com

Escribo esta vez apoyado en el corazón y no en la mente. Doy rienda suelta a mis sentimientos y afectos, me sitúo en el microcosmos que me corresponde en el momento actual y me surge una gran decepción, mezclada con tristeza y rabia. El país que sufro transita un acelerado camino al ostracismo y la miseria, por la omnímoda voluntad de la claqué dominante. Los variados dinosaurios que se robaron el poder político, apoyados en una sociedad acomodaticia y mucha ignorancia, marchan a contracorriente de los afanes mundiales actuales. Y paso a demostrarlo con angustias, más que con razones.

Cuando tus varias empresas proveedoras de telecomunicaciones (¡sí, varias!) fallan crónicamente en la prestación del servicio, no te facilitan un modo de atención al cliente satisfactorio y cómodo y no tienes a quién recurrir para hacer valer civilizadamente tus derechos, te sientes en un mundo que no es el que quieres. No el de la historia conocida de avance del modernismo, sino más bien de retroceso, frustración e impotencia.

En el momento que descubres que salir a la calle no es un hecho normal, sino revestido de alto riesgo y disgusto, por diversos lunares de la vida cívica (tráfico sin reglas, inseguridad, violencia, miseria invasiva, niños y menos niños huéspedes de la calle, prostitución callejera de los varios sexos existentes, etc.) sientes que el país que conociste en la infancia y adolescencia desapareció y cedió su lugar a otro que creíamos distante e imposible.

Cuando tus colegas latinoamericanos te echan en cara que tu país es el único que está tomando el tipo de medidas que toma frente a la crisis y que fue el último en hacerlo (recuerden que, de acuerdo al sargentucho en el poder, estábamos blindados frente a la crisis y no hacía falta actuar, para luego tomar unas medidas que sólo benefician a sus propias finanzas), sufres una especia de vergüenza nacional: ajena, pero ineludible.

En el instante que te percatas que frente a la evidente devaluación de tu moneda, de la cual hace tiempo ya te sentiste orgulloso, y el ominoso racionamiento de divisas, tienes enfrente un gobierno que derrocha dólares en el exterior para fines inconfesables; que deja pasar el tiempo sin tomar las decisiones apropiadas y que aún queriendo no podría acceder a los nuevos recursos contingentes del FMI, por su pésimo modelo de “buen gobierno”, temes que tienes en puerta un masivo empobrecimiento nacional y una pérdida mayor de la bastante dañada (por no decir inexistente) gobernabilidad democrática.

En Economía solemos hablar de las “condiciones iniciales del sistema” para referirnos a la situación de los recursos, la cultura y los modos de hacer las cosas en el momento de iniciar un proceso de intervención, evidentemente que por la vía de las políticas. En la hora actual de Venezuela, en vez de oportunidades, disposición y facilidades, sufrimos sus reversos: amenazas, sentimientos negativos e imposibilidades. Podríamos perfectamente decir que el chavismo es el tiempo de los reversos. Un gran hueco histórico. Una gran vergüenza nacional. Sin embargo, Venezuela, aunque no lo parezca, tiene grandes hombres y mujeres. De temple. De los que saben convertir la decepción, la tristeza y la vergüenza en reto de realización plena. Para nuestra fortuna –debe ser un dato genético- también ese sentimiento mora en nuestro atribulado espíritu. Habrá un “nuevo modo” de hacer las cosas en la casa grande que lloramos, pero que no dejaremos perder.

 
 

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