Lamentablemente para la región, años de desenfrenados delitos violentos no sólo le han privado de fuertes inversiones, sino que además le ha quitado mas del 8% del crecimiento económico.
Las tasas de crecimiento económico, en un mismo plano a las del ingreso y las de inversión privada, serían más elevadas, sin duda alguna, si no fuera por la inseguridad causada por la progresión geométrica del delito.
Así es que las empresas, en lugar de dedicarse sólo a producir, se han visto obligadas a recurrir a recursos extraordinarios a efectos de prevenir la violencia y proteger a sus empleados, productos y propiedades, contando con consultoras cada día más especializadas en esta situación que se muestra cada vez menos previsible.
En Brasil, si durante los años 90 el índice de homicidios hubiera sido tan bajo como en Costa Rica -uno de los más reducidos de América Latina- el ingreso per cápita habría sido aproximadamente 200 dólares más alto y el Producto Bruto Interno (PBI) entre 3,2 y 8,4 puntos porcentuales más elevado en la segunda mitad de la década.
En toda la región, el costo económico del delito es definitivamente drástico y representaría el 14,2 % del PBI, de la misma, aunque algunos analistas opinan que estas estimaciones son demasiado altas. Sin embargo se ha comprobado fehacientemente que el delito en América Latina es un obstáculo para la empresas tres veces superior al del mundo desarrollado.
Por lo tanto, el delito desalienta definitivamente la inversión tanto interna como externa. Los crecientes índices de homicidios son responsables de un alto costo a pagar por los países de la región en términos de crecimiento.
El delito, a su vez, perjudica al crecimiento al bajar la productividad y disminuir el porcentaje de graduados universitarios, lo que reduce la calificación laboral. En síntesis, el elevado desempleo juvenil y el deterioro de la infraestructura urbana provocan cada vez más crímenes.
Empresas extranjeras que operan en la región reportan que se disponen a enfrentar los riesgos de seguridad aun aceptando el alto riesgo que América Latina significa -duplica el promedio mundial- siempre que como contrapartida persista la perspectiva de obtener altos beneficios.
Es de esperar que la región experimente un crecimiento económico de alrededor del 5% este año, gracias a un fuerte viento de cola que le arrima el comportamiento de la economía global, gracias también al alto precio de las materias primas y a las bajas tasas de interés. Debemos aceptar que la región ha sobrellevado y emergido con firmeza de los pozos económicos de los años 80 y 90.
Los gastos en seguridad han pasado de un 1% asignados a mediados de los 90 a casi un 8% del ingreso neto a partir del año 2000, sin embargo los conglomerados internacionales continúan jugando a su ratio costo-beneficio mientras el resultado sea el esperado. Extremarán los recursos, pero si obtienen elevadas rentabilidades, su continuidad estará asegurada.
De hecho, el crimen afecta proporcionalmente el crecimiento, su costo golpea al PBI además de trabar significativamente la economía de América Latina. Los gobiernos deben estar sumamente atentos a esta delicada situación, por demás problemática. El Estado debe estar presente. |