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Año IX - Madrid, viernes 30 de noviembre de 2007
 
Opinión
 

Como flechas sacadas de un carcaj

Aurelio Pedroso (La Habana)

Mi amigo José “Pepe” González hoy no está para fiestas ni para un buen chiste. Acaba de “perder” a su segundo hijo desde la hora en punto en que imaginó cómo el muchacho abordaba por vez primera una aeronave de Air Canada y partía hacia esa helada nación para comenzar una nueva vida junto a su joven esposa, también cubana. En La Habana , los termómetros marcaban 24 grados de temperatura. En Toronto, 10 bajo cero.

Nada particular ni excepcional el drama de Pepe González. Contados son los padres que no tengan un hijo fuera de la isla, y muy desgraciados aquellos que los han perdido en el mar camino de cualquier pedazo de tierra firme en La Florida para acogerse a una ley asesina llamada de “Ajuste cubano”.

Este año será superada la cifra record de cubanos interceptados por la Guardia Costera de EEUU. Hasta la fecha, 2.938, y sólo resta menos de una decena para romperla. De seguro, pocos de la tercera edad se embarcan en tamaña aventura.

Pepe González nunca se opuso a la salida de sus hijos. El más pequeño fue reclamado por su madre desde Miami. Y este de ahora, con 30 años en sus espaldas, decidió emigrar al amparo de la legalidad hacia Canadá.

¿Por qué se van? Es la pregunta. Los enemigos del régimen aseguran que por política. Los del gobierno sostienen que por economía. Y nuestro amigo, que ya nada tiene que perder confiesa que por política económica.

Un país como Cuba no puede permitirse el lujo de perder a tantos y tantos jóvenes. Al margen de los que quedan, esta nación se está convirtiendo en un almacén de ancianos.

De los numerosos problemas que tanto la ciudadanía como los gobernantes deben solucionar, este éxodo merece la máxima atención. Por ello, Pepe González, veterano de tres guerras “para que otros sean felices y libres”, sostiene que nunca se moverá de la isla ni removerá los huesos de sus abuelos difuntos para ganar una nacionalidad extranjera. Se siente cubano y comprometido con un futuro mejor, con un socialismo que, a gritos, está pidiendo renovación.

Alguien le consoló en el aeropuerto diciéndole que los hijos son como flechas extraídas de un carcaj y lanzadas al infinito y nuestro hombre no pudo menos que responder: “Pero vaya en qué dirección, hermano”.

 
 

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