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Año VII - Madrid, viernes 29 de septiembre de 2006
 
Opinión
 
Ocho cubanitos en Varadero

Aurelio Pedroso (La Habana)

Cuando ya muchos van olvidando que tiempo atrás en el balneario de Varadero existió un gran campamento donde los niños pioneros cubanos y de otras naciones entonces socialistas disfrutaban de esa playa que no precisa adjetivos, aún hoy día, en el más absoluto silencio y sin ninguna suerte de propaganda, infantes con características en extremo especiales son capaces de remover fibras y sentimientos humanos loables en todos los sentidos.

Desde un pastor presbiteriano y un psico-pedagogo empleado del Gobierno hasta un anónimo operador de esas máquinas de diversiones que ponen a volar fantasías que mueren en temprana edad, son capaces, junto a otras personas de admirable voluntad, de mitigar el trauma que envuelve a esas criaturas muchas de ellas sin el más mínimo vínculo familiar.

Menores de edad que en algún momento de su primaria existencia debieron conocer, tal vez antes de Blancanieves o las hazañas del justiciero Robin Hood, que la vida no era tan agradable y soñadora y que iban a ser testigos o participantes visuales de horrendos asesinatos, vejaciones sexuales, incitación al delito y otras degradantes acciones en virtud de la ausencia en sus progenitores de varios conceptos básicos de orden familiar, moral y ético.

El joven Eduardo A. Triana Llerena partió en uno de estos días desde el hogar de niños sin amparo filial radicado en la ciudad matancera de Colón con ocho de estos muchachos hacia Varadero en un autobús de esos que con frecuencia se ven en la capital cubana donde no faltan en la carrocería mensajes contra el bloqueo estadounidense a la isla y en los que a golpe de brocha, pinceles u otros artilugios más modernos para las clásicas “pintadas” se leen mensajes de respaldo al pueblo cubano por parte de la organización Pastores por la Paz.

El Hogar en el que viven estos niños en Colón forma parte de tres existentes en la provincia de Matanzas (100 kilómetros al este de La Habana) y son responsabilidad de las autoridades cubanas quienes cubren con todas las necesidades educacionales, de habitabilidad, comida y salud del peculiar grupo. Dicho sea de paso, de esos niños ya uno con el tiempo alcanzó el título de doctor en Medicina y forma parte del grupo que les atiende.

El multicolor ómnibus (autobús) les fue enviado por Joel Ortega Dopico, pastor de la Iglesia Presbiteriana Reformada, desde Varadero, quien en compañía de su equipo de hermanos cristianos se encargaría de alojarlos en un recinto contiguo al templo y habilitado con lo necesario para acogerles durante varios días en que absolutamente todos los gastos correrían a cuenta de la iglesia.

Si alguno de los niños entró al moderno templo “Dora E. Valentín”, construido en 1995, fue por pura curiosidad. La presencia de los menores allí era para dormir, desayunar, almorzar, comer, disfrutar de la playa a menos de 150 metros e ir a diversas excursiones que la iglesia organiza y financia.

Casi 1.000 personas, de diversas creencias religiosas pertenecientes a la llamada tercera edad o niños también con padecimientos incurables pasan anualmente por ese lugar gracias a las donaciones nacionales e internacionales.

Hermosa esta labor de conjunto entre Iglesia y Estado, que no busca otro fin que despertar el amor a la vida cuando un golpe bajo pretende arrancarla.

Muchos son los que se sensibilizan. El último que pude observar fue un operador de esas máquinas voladoras por las que hay que abonar en moneda que no es con la que se paga en la isla. Les concedió a los muchachos tiempo extra y una repetición más, bajo el riesgo de ser requerido y tal vez sancionado. Para estos niños, en un futuro que ojalá sea bien cercano, el parque deberá recibirles sin coste alguno.

Varadero mostraba de esta forma una cara poco conocida. Y lo más importante, repetible bajo el manto del silencio y un elevado valor de hermandad y ayuda mutua.

 
 

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