México,
es hoy, un país con el espinazo quebrado. El cisma que lo agobia se mostró
en todo su esplendor mucho antes de que se celebrasen las últimas elecciones
presidenciales, cuando vivimos una campaña crispada, agresiva hasta el
insulto, que mostró a la sociedad debatiéndose, como nunca antes
en su historia, entre un norte, rico, moderado, modernista y un sur, pobre, ligado
al indigenísmo y que mira de costado al Poder Central, sintiéndose
olvidado. Lo que debería haber sido una fiesta para la democracia
en México, con un recambio presidencial, fruto de la voluntad popular, sin estridencias,
anticipa ahora un futuro poco claro y cargado de malos presagios, en el que asoma
un gobierno, el del recientemente confirmado Felipe Calderon Hinojosa, débil
y sin legitimidad para la oposicion, que sospecha que sus rivales han llegado
al poder mediante prácticas asociadas al fraude. Hasta el punto de que
Lopez Obrador se niega a reconocer la derrtota y promete volver ingobernable el
país. Además de tener que lidiar
con Obrador. Calderón tiene otros desafíos: grupos radicales de
izquierda han tomado el control del Estado de Oaxaca, una de las ciudades coloniales
mas famosas del país, en un intento por provocar la renuncia del actual
gobernador y los manifestantes bloquean partes cruciales de la capital de la nación. Calderón
promete enfrentar estos desafìos con una combinación de zanahoria
y palo. Quiere tender una mano a los partidarios de López Obrador con polìticas
igualitarias y fortalecer el Estado. Su capacidad para reducir los decibelios
de la confrontación política demostrará si cuenta con la
habilidad necesaria para solucionar los problemas a largo plazo que han frenado
fuertemente el desarrollo del país. Entre
otros desafíos figuran la reforma del sector energético, el combate
contra los monopolios y los sindicatos que dominan las mayores industrias y la
necesidad de imponer el imperio de la ley en un paíss donde la policía,
los tribunales y el Congreso carecen de credbilidad en muchos casos. De
todas maneras, la amarga batalla postelectoral ha revelado una cara de México
que se creía enterrada en los libros de la historia. La
debilidad de Calderón no dejará de repercutir en su propio Partido
de Acción Nacional en el que no controla todas las estructuras y donde
tendrá que luchar contra el sector más reaccionario que intentará
controlar su agenda. Pero México
no dependerá sólo de Calderón, también lo hará
de todos los mexicanos que aspiran a una vida mejor en democracia y en paz. |