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Año VII - Madrid, viernes 15 de septiembre de 2006
 
Opinión
 
Lula: camino a la reelección

Juan Varde (Buenos Aires)

Cuando falta algo más de dos semanas para las elecciones nacionales en Brasil, en las que, según una nueva encuesta, el actual presidente, Ignacio Lula Da Silva, obtendría con suma facilidad la reelección en la primera vuelta. Lula tiene el 56 % de intención de votos válidos, frente al 31 % del opositor socialdemócrata Geraldo Alckmin y el 10% de la socialista Heloisa Helena.

Es la campaña más tibia de la historia, la victoria de Lula parece estar cantada, con dos factores que explican el desinterés general por los comicios. No hay discusión política porque por primera vez en mucho tiempo hay un ‘voto avergonzado', el de Lula,   compitiendo con un voto ‘sin entusiasmo', el de Alckmin, es por eso que nadie prefiere comentar mucho por quién vota.

El país aún tiene enormes asignaturas pendientes, así Lula se enfrentará a por lo menos a cuatro desafíos, a saber: la reforma política, eludir la dependencia de una parte de la población de los subsidios, el tamaño del Estado y la violencia.

De concretarse la reforma política,  se reduciría la corrupción en el Estado, una reforma que incluye medidas como el financiamiento público de campañas para que las empresas no sean dueñas de la voluntad de los funcionarios, trabas para evitar la creación de partidos, con el único fin de hacer negocios, y normas para que los legisladores no cambien de partido y den un ejemplo paupérrimo ante la sociedad: juran por uno y juegan por el otro. Lamentable. Venden sus pases para los que quieren ampliar su bloque y así, de ser opositores, se los ve oficialistas.

Hoy, Brasil, tiene dos realidades simultáneas, instituciones sólidas, de Primer Mundo y grandes esquemas de corrupción que parecen devenidos de un país caribeño de mediados de siglo pasado.

Lograr salir del asistencialismo es otro gran desafío. Hoy, 30 millones brasileños reciben subsidios mensuales del Estado, la mayor parte se encuentra en el nordeste, la región más pobre del país, donde se registra buena parte del déficit de 15 millones de empleos de Brasil.

El auxilio para esa gente, que tienen ingresos menores a 60 dólares al mes (el 18% de los 185 millones habitantes del país) era, sin duda alguna, urgente e incuestionable. Desgraciadamente, en la medida que estos subsidios aumentaron, fue reducida la inversión del Estado en infraestructura -agua y cloacas- educación y salud, es decir, esas personas se vuelven dependientes del subsidio y clientes fijos del Gobierno que se los entregue; hablamos del clientelismo político.

El tamaño del Estado, es otro de los problemas, y no se trata de una consigna ideológica, simplista, que aboga por un Estado mínimo, es irreversiblemente puro sentido común. Casi el 40% de la riqueza generada por los brasileños es absorbido por el Estado en forma de impuestos. El 80% del gasto público sirve para mantener al elefante  -entre salarios, jubilaciones y gastos de estructura- y sólo el 20% restante se destina a invertir en educación, salud e infraestructura, seguramente los rubros de mayor importancia.

La clase alta minimiza el pago de impuestos con ‘ingeniería impositiva' mientras que las clases más bajas no pagan. Así, Brasil, no consolida una masa crítica de clase media.

La violencia es el cuarto gran drama que tendrá que contener el futuro presidente. La estabilidad económica no produjo una reducción acorde en la criminalidad; siguen muriendo más de 100 brasileños por día en homicidios, la mayor parte en los suburbios de las grandes urbes como Sao Paulo y Río de Janeiro. Además, el narcotráfico continúa dominando la mayor parte de las favelas de Río de Janeiro y expande sus garras hacia Sao Paulo. La violencia, según las encuestas, es la mayor preocupación de los brasileños.

Luego de consolidar la estabilidad económica en su primer mandato, la dimensión política de Lula dependerá en buena parte del camino que recorra y, si el destino final es el esperado por todos, logrará que su segundo mandato le permita, por lo menos, cumplir con algunas de sus promesas, que no sería poco, acostumbrados como estamos al discurso ‘facilista' de los líderes de la región. Doble discurso que le dicen, y los mandatarios deben entender, de una buena vez, que el pueblo necesita sólo escuchar uno.
 
 

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