Muchos jóvenes en Cuba miran el matrimonio con recelo. Aunque en la isla predominan los casamientos por la vía civil, la representación predominante hace de estos una institución casi sagrada, el núcleo fundacional de la familia, la clave que sostiene el gran arco social. Las nuevas generaciones no acostumbran a respetar lo sacro, que les huele a decadencia, a "cosa de viejos".
En este país del Caribe se han puesto de moda variantes menos ortodoxas para quienes deciden unir sus vidas, al menos por un tiempo: las parejas abiertas, los noviazgos perpetuos, las relaciones mediante la Internet, y una larga lista de combinaciones ajenas a la rectitud de los convenios maritales de antaño. Las promesas de amor eterno han dado paso a una filosofía de carpe diem o hedonismo a ultranza, tal vez mejor entendida con los días inciertos y vertiginosos de este siglo XXI.
Esta especie de crisis del matrimonio avanza junto al descenso en picada de la fecundidad, un fenómeno menos novedoso, pero más inquietante por sus serias repercusiones económicas. En 2006 la población cubana comenzó a decrecer, un hecho previsto por los especialistas para el 2024.
La caída de la fertilidad en las últimas tres décadas se atribuye en primer lugar al desarrollo social de la mujer, evidente en sus altos niveles de educación y amplia presencia en el sector profesional, además del acceso a métodos de planificación familiar y de salud reproductiva adecuados. La carestía de la vida, la escasez de viviendas y la falta de guarderías, entre otros factores resultantes de la crisis económica, han desalentado también a muchas jóvenes cubanas a dar a luz en la isla, si es que no toman el camino de la emigración.
El panorama es sombrío. Los jóvenes huyen de los compromisos demasiado formales, las muchachas no quieren dejar descendencia y el país envejece sin remedio. Aquel retrato típico donde madre, padre e hijos posaban sonrientes a la cámara, pronto podría convertirse en un objeto de museo, testimonio de una era incomprensible. |