Las elecciones que definirán el futuro de Argentina en los próximos cuatro años, se atisban a la vuelta de la esquina y se producen en un momento en que los ciudadanos de ese país se han acostumbrado a votar en función de la salud de su bolsillo. Una motivación que, en parte, es responsable de la decadencia institucional, económica, política y social, que sufre hace ya varios años la nación. Solamente un profundo cambio de mentalidad de los votantes permitirá construir un horizonte distinto para las próximas generaciones.
Ahora el escenario político local se caracteriza por la confusión y las pocas ganas de aclarar las situaciones. La búsqueda de la luz sobre algunos peculiares acontecimientos se convierte siempre en un proceso indefinido que finalmente oscurec aún más lo que se pretendía aclarar. La bolsa de dinero de la ministra de Economía, Felisa Miceli, los 306 nombramientos en la Secretaría de Medio Ambiente, los sobreprecios en la obra pública; la manipulación de datos del Institituo Oficial de Estadística, entre otros ejemplos, no admiten explicación racional. Cierto que la política no siempre es racional.
Y menos en Argentina. El gobierno actual puede agitar la bandera de “la profundización del cambio” para vender a la primera dama como aspirante a la presidencia, pero no puede hablar ya de nuevas políticas ni mostrar unas manos limpias, como hacía tiempo atrás. No se trata de levantar el dedo acusador a diestra y siniestra, pero la sociedad hace tiempo que ha percibido que la pretendida transparencia no es tal. Aunque esa percepción no parece que vaya a trasladarse a los votos.
¿Qué vota la gente en la Argentina? Las últimas elecciones demostraron que se vota bajo el efecto del hartazgo, que se quiere alguna suerte de cambio, algo distinto. Pero este pueblo resulta cada vez más ajeno a las ideologías y más entusiasta con que la política no invada su vida. Así, los argentinos han votado al margen de los partidos y sus aparatos. Han optado por los líderes. Y es posible que por ahora no haya pesado en sus decisiones la distorsión entre la inflación oficial y la inflación real.
Recordemos el ejemplo de la provincia de Misiones, famosa por sus Cataratas Iguazú, donde el actual gobernador Carlos Rovira se juego la reelección con una clara apuesta por el clientelismo y, sin embargo, en un gesto ejemplificador para la democracia, el pueblo misionero le dió la espalda. Muchos de los que se opusieron a Carlos Rovira, necesitaban el crédito que éste otorgaba con fines proselitistas. No querían quedar fuera del reparto, pero a la hora de votar se impuso el rechazo a esta suerte de extorsión política y se optó por el cambio en la provincia. Con todo, también es cierto que la sociedad argentina suele desarrollar conductas efimeras.
Si no se estuviera ante una crisis institucional que ya supera en mucho a la económica habría claridad conceptual y se comprendería, por ejemplo, que el colapso energético se produce por la inconscienca de los dirigentes, muy poco profesionales, que no se preocupó de diseñar el orden normativo necesario para garantizar la inversión en el sector de manera que oferta y demanda se equilibraran de acuerdo a las leyes del mercado y no a los caprichos de los funcionarios de la Secretaría de Energía o la Secretaría de Comercio.
Tanto en la oferta política como en la comercial, Argentina tiene una democracia limitada. Las opciones son cada vez menos y van disminuyendo en todos los órdenes. Sólo la voluntad ciudadana puede volver a ubicar al país en el lugar que alguna vez ocupó en el mundo. Tan lejos están esos días de gloria que las generaciones actuales no solamente no los vivieron. Y algunas ni siquiera conocieron esa realidad.
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