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Año X - Madrid, viernes 4 de septiembre de 2009
 
Opinión
 
La agenda económica ausente

Santiago José Guevara García (Valencia, Venezuela)
sjguevarag@gmail.com

Hemos insistido ante nuestros pares democráticos sobre la relevancia política de la agenda económica. La hemos analizado día a día. Entregamos al corro político y abrimos dos blogs y un Grupo Facebook de aportes relacionados con nuestro “Plan Especial Anti Crisis”. Disponemos de un “Proyecto de País”, con base en un modelo orientado a una economía productiva. En lo local seguimos trabajando en una “Visión de Futuro para Carabobo” (importante región), también apoyada en la prospectiva económica. Nos hemos ocupado de la economía local de Puerto Cabello, principal aunque disminuido primer terminal nacional, y un largo etcétera.

Pero, nada. La política democrática venezolana, en su versión partidista tradicional, discurre alrededor de la inercia mental, los “negocitos” electorales, una que otra marcha sin estrategia válida, fotos y más fotos en los medios, un salvaje “quítate tú, pa’ ponerme yo” y ninguna agenda.

Mientras tanto, pasaron once años no de sólo daños al bien económico más sagrado a las familias: el bienestar; sino del diferimiento o anulación de la posible solución. Junto con ello, un país en permanente inestabilidad. Los pobres, supuestos beneficiarios de lo anterior, hoy se descubren abandonados a su (siempre mala) suerte.

Es una historia que se ha mantenido así desde el arranque mismo del gobierno chavista.  El inicio fue de descuido de las responsabilidades y desaprovechamiento de las oportunidades. Las cifras de derrumbe de la economía real del 2001 al 2004 son un fantasma en la memoria de todos. Fueron años de una inmensa ineptitud y liviandad en la conducción del régimen. Faltaba un largo trecho para que las misiones y el dinero puesto a circular crearan la ilusión de un país de oportunidades. Se avecinaban los buenos tiempos de la “boliburguesía”, importadores, “empresarios” aprovechadores y otras especies. Con la guinda del cóctel de los chulos de la ALBA.

Tal como insistimos, el crecimiento inducido por la demanda y el agravamiento de las imperfecciones de los mercados definieron los dos grandes factores explicativos del modelo de crecimiento chavista: liquidez y cómodo poder de mercado. Fueron los veintitantos trimestres de supuesto crecimiento modelo. Modelo con pies de barro. Y no sólo eso, sino también la clara negligencia del equipo económico y, ¡terca que es la realidad!, la más que evidente exposición frente a la crisis global.

Desde antes de la negación de la crisis externa, y en fase expansiva del PIB, el Gobierno ha estado actuando en plan de ajuste macroeconómico regresivo. La revisión sólo desde el año pasado, nos muestra un permanente apretar de tuercas. En febrero 2.008 fueron ajustes de precios a alimentos regulados, alzas de intereses y racionamiento de divisas. Abril fue la oficialización del llamado “dólar permuta”, forma inteligente de devaluación -a ratos por sobre el 300%-, junto con el anuncio del staff económico de Chávez sobre el fin de dólares baratos para automóviles y alimentos. Septiembre mostró la debacle del financiamiento a las misiones y la crisis del sector hospitalario público. Diciembre y enero fueron de malas noticias para viajeros e importadores. Marzo, las y que medidas anti crisis: una “raqueta” más a la maltrecha economía privada. Y ahora se nos anuncia un nuevo paquete.

Nuestra opinión ya la hemos emitido. Un impuesto a las transacciones cambiarias es la peor opción. El “timing” de una eventual emisión de bonos para permuta se dejó pasar y ahora impactará mucho más fuerte los precios. Aumentar las exacciones a las transacciones financieras es también inflacionario. El alza de la gasolina llegaría en un pésimo momento ante la perspectiva de un recalentamiento de la calle este mes y el próximo. O sea…

Es la hora de la agenda económica alternativa. A Dios rogando y con el mazo dando: la exigencia de una política económica satisfactoria del régimen, pero también la preparación de la propia. Estamos en un conflicto “estructural”. La solución está en el balance de poder.

 
 

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