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Las editoriales de música,
y sus responsables, eran hasta hace un par de años, un
negocio menor para las grandes multinacionales del disco. Sin
embargo, ahora las cosas, han cambiado y, de hecho, están
a punto de convertirse en el verdadero negocio real de estas compañías.
Ya hay algunos ejecutivos de estas filiales, que avanzan con aire
de superestrellas por las plateas y los ´backstages´
y empiezan a ocupar las portadas de las principales revistas de
negocios del mundo. Como, por ejemplo, Martin Bandier, el director
ejecutivo de la editorial de EMI, cuya capacidad de detectar catálogos
rentables y nichos de negocio ha resultado providencial para la
compañía discográfica británica. La
primera que consiguió avistar la puerta de salida de la
crisis.
Las editoriales, como las sociedades
de gestión, cobran por el uso del repertorio que tienen
en catálogo, siempre que el usuario de las piezas o los
fragmentos haga negocio con ellos. Y, curiosamente, las nuevas
tecnologías, las mismas que han complicado las cuentas
de las multinacionales del disco en el último lustro, han
abierto un campo casi ilimitado para sus filiales de edición.
Desde los tonos para los teléfonos móviles a la
publicidad audiovisual que circula por la Red. Tanto es así
que el pasado año, las editoriales aportaron ya un 56%
de los beneficios del sector. Y, aunque el crecimiento anual de
sus ganancias no supone grandes porcentajes, entre el 3% y el
5% por año, ganaban mientras los demás perdían.
Otra de
las estrategias inventadas por Bandier, es la explotación
del repertorio a través de musicales basados en las obras
de grandes estrellas de la canción. Primero se estrenan
en Broadway y después recorren el mundo. El negocio es
doble si la editorial, junto a la propiedad de las obras interpretadas,
forma parte del equipo de producción y registra el montaje.
Los musicales han demostrado además trascender a la vida
habitual que tienen en los teatros y las taquillas y mantener
su capacidad de generar ingresos a través de otros formatos,
el cine o bien mediante los derechos televisivos.
El potencial
del negocio editorial no ha pasado desapercibido para los fondos
de capital privado. Sobre todo, porque hasta hace muy poco, la
inversión necesaria para conseguir el catálogo de
un artista de éxito, o de una antigua editorial en liquidación
no era excesivo. Bandier pagó en 2004, sólo 80 millones
de dólares por todos los éxitos de Tamla Motown,
a Berry Gordy, su propietario. Si Gordy no hubiera tenido entonces
acuciantes problemas financieros hubiera podido vender hoy sus
derechos por diez veces más.
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