|
En fecha reciente, la Comisión
Europea ha hecho público un informe con el título
Opinion on the ethical aspects of nanomedicine. La
nanociencia, de la cual la nanotecnología es consecuencia,
tiene muy poca historia. Fue, en 1959, cuando el físico
Richard Feynman declaraba que, si no somos capaces de manipular
la materia átomo a átomo, no es porque alguna ley
nos lo impida, sencillamente, es una incapacidad práctica.
Norio Taniguchi, en 1974, acuñó el término
de nanotecnología. Para las medidas muy pequeñas
empleamos los prefijos micro (10-6), nano (10-9) y pico (10-12).
Algo similar se produce cuando pretendemos medidas muy grandes
en que se emplean los prefijos mega (106), giga (109) y tera (1012).
La micra es la milésima parte de un milímetro. Por
ejemplo, el pelo humano tiene un diámetro de unas 80 micras.
El hecho fundamental es que el comportamiento de los materiales
es diferente a escala nanométrica que a escala macroscópica.
Y son precisamente estas diferencias las que estudia y aplica
la nanociencia. Por ejemplo, a escala nanométrica es posible
cambiar propiedades fundamentales de un determinado material,
como pueden ser el punto de ebullición, la conductividad
térmica y eléctrica o la corrosividad. Y todo esto
se consigue sin modificar la composición química
del material.
La ciencia se mueve hoy entre límites auténticamente
extremos. Si nos referimos a lo grande, la astrofísica
y la biología dan lugar a números extraordinariamente
grandes. Por ejemplo, se han descubierto agujeros negros con masas
equivalentes a diez veces la del Sol y agujeros negros con varios
miles de millones de masas solares y tan grandes como el sistema
solar.
Además, la ciencia actual da una visión de la realidad
completamente distinta de la que aporta la intuición. Por
ejemplo, desde los griegos, la humanidad ha buscado una partícula
elemental, un último sillar del universo. Y, en varias
ocasiones, se ha pretendido encontrarla. Pero ello hoy no parece
factible. En este sentido, ha escrito el profesor Sánchez
Ron que cada vez sabemos más acerca de la naturaleza,
pero en el camino vamos perdiendo aquello que ésta tenía
de intuitivo, palpable y accesible. La materia, lo más
próximo y concreto que poseíamos, parece irse diluyendo
en los arcanos ontológicos, abandonando su esencia física
para pasar a convertirse en matemática, en modos de vibración
de superminúsculos entes que habitan en espacios de, al
menos, diez dimensiones. Algo parecido sucede con el concepto
de energía. Fueron los energeticistas quienes, en el siglo
XIX, tuvieron la intuición de que a base de partir la materia
se acabaría encontrando la energía. Con lo que la
energía sería el concepto primario de la naturaleza.
Dentro de esta visión del mundo, el matemático británico
Roger Penrose ha escrito un libro con un título tan sugestivo
como El camino a la realidad. Se trata de una guía
completa de las leyes del universo. Y el propio Penrose dice que
en la física moderna, uno no puede evitar el enfrentarse
a las sutilezas de muchas matemáticas sofisticadas.
|