| Hacía
tiempo que no se presenciaba en Latinoamérica una toma de posesión tan peculiar
como la que ha protagonizado hoy Felipe Calderón en México, porque controvertidas
han habido muchas, pero físicamente difíciles de realizar, no tantas. Al final,
el nuevo líder y su antecesor, y compañero de partido, Vicente Fox,
han conseguido llegar a la Tribuna del Congreso por una puerta trasera, gracias
a la ayuda de las fuerzas del orden.
No
era fácil: el Partido de la Revolución Democrática (PRD) utilizó
todas las armas a su alcance para imposibilitar la ceremonia. Para conseguirlo,
un nutrido número de diputados izquierdistas acampó en la Cámara el martes
pasado. También lo hicieron sus rivales del Partido de Acción Nacional
(PAN). Pero Calderón llegó a la tribuna y consiguió prometer
su cargo en medio de una sonora pitada que no hace presagiar nada bueno para
la gobernabilidad del país.
Como
tampoco, según muchos analistas políticos, la composición
final del primer gobierno del candidato, donde el partido ha impuesto su ley por
encima de las llamadas a la reconcialiación que el ya presidente de México
realizó tras hacerse oficial su ajustada victoria sobre el candidato de la
izquierda, Andrés Manuel López Obrador.
En
declaraciones a Americaeconomica.com,
el presidente del Partido de Acción Nacional (PAN), Manuel Espino, comentaba ayer
que la posición de su partido era que la ceremonia se celebrase como estaba previsto,
en el Palacio Legislativo de San Lázaro, aunque la tribuna siguiera tomada por
los perredistas. Además comentó que, de haber un cambio de sede, no se violaría
el artículo 87 de la Constitución, en el que se contempla que el acto de posesión
debe celebrarse en sesión del Congreso General, pero no especifica físicamente
el lugar concreto. Pero tras ver las imágenes de la toma de posesión
muchos observadores creen que la segunda opción hubiera sido la buena.
El pasado martes,
en un episodio, por qué no decirlo, vergonzoso que protagonizaron diputados de
ambos bandos, del PRD y el PAN, los primeros tomaron parte de la sala y la escena
terminó con empujones, golpes e incluso algún que otro político rociado con gas
mostaza. Parece que no sólo es Asia la que practica estas malas artes en sus cámaras
políticas.
Pero
ahora que Calderón ha asumido el poder, ¿qué será de él?. En México, y en el resto
del mundo, el tequila con sal y limón suele ser un gran remediador de problemas,
en su justa medida, aunque no se sabe si Calderón lo utilizará para acabar con
la papeleta que se le vienen encima.
Fox
le deja como herencia un economía estancada, con una leve reducción de los índices
de pobreza, que son absolutamente escandalosos en el país, además de las protestas
en Oaxaca, en el sur, por la precaria situación en la que viven los profesores,
y el histórico e irresoluto problema de los indígenas en Chiapas.
Espino aseguró
durante su entrevista que el Gobierno de Calderón hará un uso de él democráticamente,
respetando las instituciones de la república, que el futuro presidente y los
suyos no tienen miedo a la oposición de López Obrador, ni de lo que ella pueda
surgir.
Aunque
las relaciones entre los perredistas y los panistas ahora mismo no están en “su
mejor momento”, por no decir que un poco más y se queman, el presidente del PAN
confirmó que la vía de la negociación estaba abierta para llegar a ciertos acuerdos.
Pero la semana pasada, en declaraciones hechas a Americaeconomica.com,
el secretario de Relaciones Políticas del PRD, José Agustín Ortiz Pinchetti, fue
categórico al manifestar que las conversaciones con los conservadores eran imposibles
y que no hay posibilidades de consenso.
Más
tequila y menos palabras. Aunque
el tequila con sal y limón es un gran sanador de problemas, lo que está claro
es que no soluciona todos los males. Ciertos especialistas en el tema apuntan
que tan sólo cura algunos. Pero la vía del tequila no es la que ha elegido Andrés
Manuel López Obrador, AMLO, como le corean sus seguidores, cuando el 2 de julio
pasado perdió oficialmente las elecciones frente al candidato panista por tan
sólo 0,56 puntos. Por eso tomó la decisión de instaurar un gobierno paralelo,
y la semana pasada se autoproclamó “presidente legítimo” de la República, en la
mismísima Plaza del Zócalo, la más bulliciosa y transitada de todo el Distrito
Federal.
Ante
tal actitud, Espino calificó de “acto teatral de mala calidad” la posición de López Obrador, afirmó que
no tenía sustentación jurídica y que “escenificaba el nivel de frustración del
señor López y su incapacidad democrática para afrontar el resultado de las urnas”.
Lo que sí puede decirse es que no faltarán las ocasiones
para recurrir al tequila por parte de las fuerzas políticas mexicanas, aunque no está claro si será para celebrar algo o para ahogar las penas.
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