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La lucha contra los acuerdos de
libre comercio ha sido uno de los puntos fuertes de los programas
con los que los demócratas han logrado el éxito
en las últimas legislativas parciales. Y no sólo
por el tradicional apoyo de los sindicatos a este tipo de iniciativas,
también porque los estadounidenses medios sienten la presión
bajista que ejercen sobre sus salarios los productores de los
países emergentes.
Sin embargo, los principales iconos
que posee este partido en lo relativo a sus propuestas de política
económica, Robert Rubin y Lawrence Summers, antiguos secretarios
del Tesoro e inventores de aquel eslogan de éxito: "Es
la economía estúpido", que llevó a Bill
Clinton al poder, han sido y son defensores a ultranza de la total
apertura de los mercados y el fenómeno de la globalización,
lo mismo que lo fue Clinton mientras estuvo en la Casa Blanca.
Ahora el partido y, sobre todo,
sus próximos aspirantes a optar por la presidencia van
a tener que elegir entre las propuestas de éstos, que tuvieron
éxito en el pasado, y las de los nuevos sabios emergentes,
que se sitúan alrededor de Mark Levison, un defensor de
las propuestas de cerrazón hacia el exterior que han demostrado
servir, y mucho, en la última batalla librada contra el
Partido Republicano, cuyos líderes, en contra de lo que
hicieron durante el periodo presidencial de Clinton, también
defienden el libre comercio.
En algo están de acuerdo
unos y otros. La percepción de que la supuesta etapa de
bonanza económica, no beneficia al estadounidense medio
y que esa es uno de los motivos de más peso, por el que
los demócratas han apostado por el cambio. Y, desde luego,
la globalización, que ahora propicia el crecimiento del
bienestar en los gigantes asiáticos, mucho menos.
Rubin Y Summers ya han enseñado
sus cartas. Es sabido que creen claramente en que el intervencionismo
estatal es negativo y que hay que dejar que el mercado se mueva
libremente. Se trata del Proyecto Hamilton, que lleva el nombre
del primer secretario del Tesoro de EEUU. En él se quiere
combinar apertura de mercado con mayores inversiones, en educación,
cobertura sanitaria, investigación y desarrollo e infraestructuras,
y un seguro de sueldo público para los trabajadores menos
especializados que se vean obligados a tomar los puestos de trabajo
peor pagados en la estela de la globalización. Por supuesto
todo ello, en el marco de unas cuentas públicas completamente
saneadas.
Un programa que, en opinión
de sus críticos, a quien verdaderamente satisface es a
las corporaciones y los empresarios de los que tendrá que
sacar su financiación el candidato demócrata que
luche por la presidencia dentro de dos años.
El problema es que ni siquiera
los puestos de alto valor añadido estarían asegurados
ahora, cuando pueden encontrarse técnicos altamente cualificados
en La India, por ejemplo, que ganan 2.000 dólares al año.
Lo que vuelve a poner sobre el tapete la vieja idea intermedia
de Clinton de luchar por la convergencia salarial global sin cerrar
por completo los mercados.
En la otra orilla el Instituto
de Política Económica (IPE), los hombres de Mark
Levinson basan su alternativa en premisas sustancialmente distintas.
Para empezar creen que no hay desarrollos económicos inevitables
y en la capacidad de la política para cambiar los escenarios.
Unos intervensionistas, según sus críticos.
El IPE defiende algunas ideas que
gustan muy poco al tejido empresarial. Por ejemplo, que aquellos
empleadores que no aseguren la cobertura sanitaria a sus empleados
deben pagar un impuesto específico con el que dotar un
fondo que asegura la universalización de este derecho,
a través de una ampliación del actual Medicare.
Lo mismo en el caso de las jubilaciones. Que además, deben
complementarse con pagos por tramos de ingresos de los propios
trabajadores. Un ejercicio de solidaridad, quizá demasiado
europeo para la mentalidad del estadounidense medio. Y en lo tocante
al libre comercio, menos tratados y más presión,
a través de la Organización de comercio para que
se establezcan estándares de derechos laborales y sueldos
en los países emergentes que acaben con la presión
bajista de su producción sobre los salarios de los operarios
de los países industrializados.
Además, son partidarios
de obligar a las empresas que quieran apostar con fuerza por la
deslocalización con otras tasas con las que dotar un fondo,
en este casos de Investigación y Desarrollo para que mejoren
los productos estadounidenses y, gracias al valor añadido
adicional, puedan aumentarse las exportaciones. El viejo sueño
de que todas las industrias nacionales tuvieran la capacidad demostrada
por Hollywood para colocar sus productos en el exterior, con independencia
de la evolución del tipo de cambio del dólar.
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