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Año VII - Madrid, viernes 1 de diciembre de 2006
 
Reportaje
 

Rubin y Levinson se disputan la elaboración del programa económico del próximo aspirante demócrata a las presidenciales

 
Las dos izquierdas de EEUU

J. Jameson

 

La lucha contra los acuerdos de libre comercio ha sido uno de los puntos fuertes de los programas con los que los demócratas han logrado el éxito en las últimas legislativas parciales. Y no sólo por el tradicional apoyo de los sindicatos a este tipo de iniciativas, también porque los estadounidenses medios sienten la presión bajista que ejercen sobre sus salarios los productores de los países emergentes.

Sin embargo, los principales iconos que posee este partido en lo relativo a sus propuestas de política económica, Robert Rubin y Lawrence Summers, antiguos secretarios del Tesoro e inventores de aquel eslogan de éxito: "Es la economía estúpido", que llevó a Bill Clinton al poder, han sido y son defensores a ultranza de la total apertura de los mercados y el fenómeno de la globalización, lo mismo que lo fue Clinton mientras estuvo en la Casa Blanca.

Ahora el partido y, sobre todo, sus próximos aspirantes a optar por la presidencia van a tener que elegir entre las propuestas de éstos, que tuvieron éxito en el pasado, y las de los nuevos sabios emergentes, que se sitúan alrededor de Mark Levison, un defensor de las propuestas de cerrazón hacia el exterior que han demostrado servir, y mucho, en la última batalla librada contra el Partido Republicano, cuyos líderes, en contra de lo que hicieron durante el periodo presidencial de Clinton, también defienden el libre comercio.

En algo están de acuerdo unos y otros. La percepción de que la supuesta etapa de bonanza económica, no beneficia al estadounidense medio y que esa es uno de los motivos de más peso, por el que los demócratas han apostado por el cambio. Y, desde luego, la globalización, que ahora propicia el crecimiento del bienestar en los gigantes asiáticos, mucho menos.

Rubin Y Summers ya han enseñado sus cartas. Es sabido que creen claramente en que el intervencionismo estatal es negativo y que hay que dejar que el mercado se mueva libremente. Se trata del Proyecto Hamilton, que lleva el nombre del primer secretario del Tesoro de EEUU. En él se quiere combinar apertura de mercado con mayores inversiones, en educación, cobertura sanitaria, investigación y desarrollo e infraestructuras, y un seguro de sueldo público para los trabajadores menos especializados que se vean obligados a tomar los puestos de trabajo peor pagados en la estela de la globalización. Por supuesto todo ello, en el marco de unas cuentas públicas completamente saneadas.

Un programa que, en opinión de sus críticos, a quien verdaderamente satisface es a las corporaciones y los empresarios de los que tendrá que sacar su financiación el candidato demócrata que luche por la presidencia dentro de dos años.

El problema es que ni siquiera los puestos de alto valor añadido estarían asegurados ahora, cuando pueden encontrarse técnicos altamente cualificados en La India, por ejemplo, que ganan 2.000 dólares al año. Lo que vuelve a poner sobre el tapete la vieja idea intermedia de Clinton de luchar por la convergencia salarial global sin cerrar por completo los mercados.

En la otra orilla el Instituto de Política Económica (IPE), los hombres de Mark Levinson basan su alternativa en premisas sustancialmente distintas. Para empezar creen que no hay desarrollos económicos inevitables y en la capacidad de la política para cambiar los escenarios. Unos intervensionistas, según sus críticos.

El IPE defiende algunas ideas que gustan muy poco al tejido empresarial. Por ejemplo, que aquellos empleadores que no aseguren la cobertura sanitaria a sus empleados deben pagar un impuesto específico con el que dotar un fondo que asegura la universalización de este derecho, a través de una ampliación del actual Medicare. Lo mismo en el caso de las jubilaciones. Que además, deben complementarse con pagos por tramos de ingresos de los propios trabajadores. Un ejercicio de solidaridad, quizá demasiado europeo para la mentalidad del estadounidense medio. Y en lo tocante al libre comercio, menos tratados y más presión, a través de la Organización de comercio para que se establezcan estándares de derechos laborales y sueldos en los países emergentes que acaben con la presión bajista de su producción sobre los salarios de los operarios de los países industrializados.

Además, son partidarios de obligar a las empresas que quieran apostar con fuerza por la deslocalización con otras tasas con las que dotar un fondo, en este casos de Investigación y Desarrollo para que mejoren los productos estadounidenses y, gracias al valor añadido adicional, puedan aumentarse las exportaciones. El viejo sueño de que todas las industrias nacionales tuvieran la capacidad demostrada por Hollywood para colocar sus productos en el exterior, con independencia de la evolución del tipo de cambio del dólar.

 
 

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