| La
filantropía tiene buena prensa. Mezcla la compasión con el dinero
y se beneficia de los efectos colaterales de la (in)cultura mediática generada
por la llamada “prensa del corazón”.
La
concesión del premio Príncipe de Asturias de Cooperación
Internacional a la Fundación Bill y Melinda Gates ha empujado el tema a
las portadas de los medios y parece haber iniciado una subasta entre “filántropos”
a la que se han sumado Branson, Turner, Buffett y otros megamillonarios. El tema
merece un comentario. Pero antes hay que situarlo en el contexto que permite comprender
su función política en la escena internacional, como expresión
y vector de la privatización de la cooperación al desarrollo.
Para
abordar en las dimensiones de este artículo la privatización de
la cooperación al desarrollo voy a basarme en un texto publicado hace algún
tiempo [Carol C. Addelman. The privatization of Foreing Aid: Reassessing National
Largesse (La privatización de la Ayuda Exterior: una reevaluación
de la generosidad nacional). Foreign Affairs, noviembre-diciembre de 2003] que,
a mi parecer, expresa muy bien el sentido de este proceso tal como se desarrolla
en los EE UU que, como siempre, muestra aquí la dinámica general
de los acontecimientos internacionales.
Addelman
empieza afirmando que estamos en una “tercera ola” de la ayuda exterior
norteamericana. Las dos anteriores (“ayuda” a Europa y Asia tras la
2ª guerra mundial y durante la Guerra Fría; “ayuda” a
Europa Oriental tras el colapso de la URSS) estuvieron basadas en fondos públicos.
Esta “tercera ola” estaría orientada principalmente a Oriente
Medio y África y basada en fondos privados: en esta “tercera ola”,
“el dinero privado hace la diferencia”.
Según
Addelman, el factor fundamental mediante el cual los americanos “ayudan
a los demás” está constituido por las fundaciones, las PVOS
(“private voluntary organizations”, organizaciones privadas de voluntarios,
equivalente a ONGs), corporaciones, universidades, grupos religiosos y donaciones
individuales dirigidas directamente a “familias necesitadas”. Una
estimación “conservadora” valoraría estos fondos en
unos 35.000 millones de dólares, lo que equivaldría a tres veces
y media la AOD norteamericana.
A partir de
1990, este proceso se habría manifestado particularmente en el desarrollo
de la filantropía: entre 1990 y 2000, el número de fundaciones privadas
pasó de 32.000 a 56.000; han surgido “megadonantes”, como Gates,
Turner y Packard; sólo las donaciones hacia el extranjero de las fundaciones
se han multiplicado por cuatro hasta llegar a los 3.000 millones de dólares
anuales, superando, destaca Addelman, la AOD de algunos de los gobiernos “más
generosos”; las de las PVOS llegan a los 7.000 millones de dólares,
etc.
Y por si esto fuera poco, Addelman descubre
un nuevo y potente miembro de la “ayuda privada” norteamericana: las
remesas de los inmigrantes (sic). Esta “ayuda privada” sería,
además, más eficiente y haría una mejor “rendición
de cuentas” que la ayuda pública; la autora no considera necesario
justificar este dogma neoliberal.
Finalmente,
Addelman nos da la moraleja del cuento: Fundaciones, iglesias, universidades,
hospitales, corporaciones, asociaciones de negocios, grupos voluntarios y inmigrantes
que trabajan duramente (hard-working inmigrants) no sólo estarían
entregando “dinero a los países en desarrollo”. Además
entregarían “valores de libertad, democracia, espíritu empresarial
y trabajo voluntario”.
A la autora
sólo le falta añadir la desvalorización de lo público
y sus subordinación a los intereses privados para completar la versión
oficial del american way of life. Ésta transmisión conjunta de dinero
y moral neoliberal es la función política de la filantropía
en la cooperación al desarrollo.
Hasta
aquí la ideología de la privatización de la cooperación
al desarrollo, expuesta con una claridad y una falta de escrúpulos que
uno francamente agradece, en este mundo de la “ayuda internacional”,
tan frecuentemente empapado de consensos entendidos como buenas maneras (“manners
before morals”, “la cortesía por delante de la moral”,
como diría Oscar Wilde). Veamos ahora la práctica.
El
pasado 5 de mayo, el Premio Príncipe de Asturias fue otorgado a la Fundación
Bill y Melinda Gates “por su generosidad y filantropía ante los males
que siguen asolando al mundo”. La pareja ha dedicado a actividades filantrópicas
8.000 millones de euros en los últimos cinco años de una fortuna
calculada en 40.000 millones; no se informa de su crecimiento anual, gracias a
los enormes beneficios de las actividades no filantrópicas del imperio
Microsoft.
El periodista de El País
John Carlin comentando la noticia utiliza una expresión muy apropiada para
definir esta fortuna: la llama “botín familiar” (El País,
5/05/2006 p.55); es sabido que el significado habitual de la palabra “botín”,
sin entrar ahora en apellidos que podían muy bien formar parte de esta
historia, es “conjunto de objetos robados”.
La
Fundación Gates muestra muy claramente las contradicciones de la filantropía.
Por una parte, el origen de la fortuna de Gates está en el éxito
para imponer prácticamente un monopolio de oferta en los programas para
ordenadores. Es conocido que el empresario Gates-Mister Hyde ha recurrido y recurre
a cualquier procedimiento, burlando cuantas leyes ha podido sin el menor escrúpulo,
para imponer sus productos a gobiernos y clientes privados.
Pero
el filántropo Gates-Doctor Jerkill se autonomiza de su alter ego, deacuerdo
con los principios de la moral capitalista, que considera que los negocios están
sometidos a un solo valor: los máximos beneficios para los accionistas;
no entraré en esta ocasión en el limbo de la “responsabilidad
social corporativa” en el cual, pero no en la vida real, pueden mezclarse
agua y aceite.
Así, las fundaciones
se alimentan de fondos provenientes de prácticas empresariales que contribuyen
a crear los problemas sociales que la filantropía pretende aliviar. Más
allá de los casos individuales, estamos ante un problema de sociedad: Gates,
Buffett... y otros megamillonarios han acumulado su fortuna gracias a los privilegios
fiscales, la desregulación de los mercados financieros, los dictados de
la OMC sobre el comercio internacional..., en fin, gracias a la economía
neoliberal que empobrece a la mayoría de la humanidad, incluyendo a muchos
millones de personas de su propio país.
En
una sociedad organizada dignamente, poseer estas inmensas fortunas (el “botín”
de Gates o Buffet multiplica por cuatro el presupuesto anual de las Naciones Unidas:
9.500 millones de euros) sería considerado un “derecho in-humano”,
rechazado por la sociedad y penalizado por las leyes. En cambio, en una sociedad
como la nuestra, regida por el mercado, se valora la “generosidad”
de la Fundación Gates.
Pero si en
el mundo de la telemática alguien merece reconocimiento por su solidaridad
son quienes trabajan en el software libre, poniendo su trabajo y sus conocimientos,
que les permitirían enriquecerse, al servicio de la sociedad frente al
todopoderoso Microsoft.
Las actividades filantrópicas
tienen una obvia dimensión publicitaria que, además de satisfacer
la vanidad de sus protagonistas, producen importantes efectos indirectos en sus
negocios; así ocurre especialmente con las fundaciones vinculadas a las
grandes empresas, que actúan frecuentemente como sociedades instrumentales
al servicio de su casa matriz para la apertura de mercados y operaciones de lavado
de imagen.
Pero finalmente, es cierto que,
en ocasiones, los fondos de la filantropía contribuyen a la resolución
de problemas sociales importantes. Hay aquí problemas reales a considerar,
especialmente cuando estos problemas son planteados por personas que merecen admiración
y respeto (lo cual entre paréntesis, no ocurre siempre: muchas veces el
dinero encierra en el cajón los “códigos de conducta”
por razones que no merecen ningún respeto).
Volvamos
a la Fundación Gates. Uno de sus programas más populares es la financiación
de las investigaciones del doctor español Pedro Alonso en el Centro de
Investigación en Salud de Manhiça en Mozambique para obtener una
vacuna contra la malaria. Los trabajos están ya muy avanzados y posiblemente
en el año 2010 se dispondrá de la vacuna y con ella de una herramienta
eficaz frente a una de las más mortíferas “enfermedades de
los pobres”.
Comentando la concesión
de Premio Príncipe de Asturias a la Fundación Gates, Alonso felicitó
a la Fundación Gates por “impulsar una revolución en la salud
pública mundial”. Con todo respeto, no es verdad.
La
vacuna RTS.S está patentada por uno de los gigantes de la industria farmacéutica,
la Glaxo Smith Kline, industria que reúne a las corporaciones mas despiadadas
de nuestros mundo, habituadas a sacrificar la salud a los imperativos del negocio.
La terrible historia que contó John Le Carré en El jardinero fiel
es un pálido reflejo de la realidad del oligopolio llamado Big Pharma,
del cual Glaxo es un miembro relevante.
Es
muy instructivo conocer el trazado de la gestión por parte de Glaxo de
su patente: las primeras investigaciones de la vacuna se hicieron en los laboratorios
del ejército norteamericano, es decir, con dinero público. Glaxo
vio oportunidades de negocio y se hizo con la patente. A los quince años
abandonó la investigación porque no era rentable, pero mantuvo la
propiedad de la patente. Posteriormente, los fondos provenientes de la Fundación
Gates, y la subvención de la Agencia Española de Cooperación
Internacional al Centro Manhiça, relanzaron las investigaciones, ahora
bajo la dirección de Alonso.
Pero
cuando la vacuna se comercialice, su propiedad corresponderá por entero
a Glaxo y estará protegido por el leonino régimen de patentes de
la OMC. Glaxo dice que “venderá barata” la vacuna. Pero, ¿por
qué Glaxo va a lucrarse gracias a un medicamento de altísimo interés
social, que se ha desarrollado gracias a donaciones públicas y privadas
“sin ánimo de lucro”? Un fármaco creado gracias a este
tipo de subvenciones y destinado a poblaciones empobrecidas no tiene que ser “barato”;
tiene que ser gratuito.
Alonso considera
que “parte de la lucha” por conseguir fármacos para las patologías
que se ceban en los países pobres, para los que “no hay mercado”,
reside en “interesar” a los grandes laboratorios. Constata que “no
hay vacuna en el mundo” que no haya sido producida por estos laboratorios.
Pero constata también que la mayoría de la gran industria ha cerrado
los laboratorios destinados a investigar sobre estas enfermedades “no rentables”,
lo cual explica que el 90% de los recursos mundiales de investigación biomédica
esté destinado al 10% de problemas de salud, es decir a los problemas “rentables”.
Ésta es la clave: en realidad, los
fondos públicos y de origen filantrópico destinados a combatir las
enfermedades de los pobres se destina en realidad a hacerlas rentables para la
gran industria que posee las patentes.
Se
entiende muy bien que Pedro Alonso y su equipo busquen, por encima de todo, sacar
adelante su investigación, que merece sobradamente el reconocimiento de
la gente solidaria.
Su trabajo no es denunciar
las contradicciones de la filantropía (y, en este caso, además de
la cooperación pública española). Pero el nuestro, el de
las organizaciones y movimientos solidarios, sí. Porque mientras la sanidad
pública esté bajo las riendas del Big Pharma, no habrá derecho
a la salud para las poblaciones empobrecidas del mundo, cuando ya existen los
conocimientos y los equipos de profesionales médicos y sanitarios sobradamente
capaces para hacer ese derecho realidad.
* Agencia de Información Solidaria (AIS) |