|
Se cumplen 300 años del nacimiento
de dos grandes naturalistas: el sueco Linneo (1707-1778) y el
francés Buffon (1707-1788). Ambos intentaron inventariar
la creación. El primero ideó un sistema taxonómico
y una nomenclatura destinados a clasificar, con un criterio riguroso,
la gran cantidad de plantas, que pueblan nuestro planeta, y el
segundo escribió los 44 volúmenes de su "Historia
Natural", que es una de las obras maestras de la Ilustración.
Linneo, hijo de un pastor luterano, dirigió
diversos jardines botánicos e inspiró otros, como
el Real Jardín Botánico de Madrid. Su obra "Species
Plantarum", de 1753, es considerada como la Biblia de la
botánica. Todas las especies de la naturaleza se podían
expresar con dos palabras latinas, el género y la especie.
Era un intento de clasificar, de forma racional, la enorme cantidad
de plantas y animales, que pueblan la Tierra.
Linneo era algo así como el Newton de la
botánica. Lo racional explicaba el mundo. No cabían
en esta explicación el sentimiento o la poesía.
Al conde de Buffon le resultaba antipática esta visión.
El era un científico, pero también era, o aspiraba
a ser, un publicista o un escritor. Son dos personajes completamente
distintos. Buffon dirigió, en París, el Jardín
del Rey desde 1739 -tenía entonces sólo 27 años-
hasta su muerte. Educado en los jesuitas representa como pocos
aquel siglo XVIII, que transformó Europa y el mundo.
Estos dos naturalistas representan, inmejorablemente,
a dos ciencias de la naturaleza, la botánica y la zoología.
Después vino la biología, como ciencia que intentaba
explicar la vida y todas sus manifestaciones. Si la física
y la química explicaban, o pretendían explicar la
materia y la energía, la biología daba un paso más,
más allá de la materia y la energía, ese
algo que es la vida.
Y es en la segunda mitad del siglo XX el momento
en que la biología ha conquistado el puesto más
destacado entre las ciencias. Y el avance de las tecnologías
de la biología molecular permite descifrar genomas completos
y ver los genes, que aparecen en un célula en un determinado
momento. Y así tenemos, continuamente, más datos.
Pese a todos estos resultados la biología
no consigue salir de la clasificación de una ciencia empírica.
Podemos describir lo que pasa en un organismo dado, pero no podemos
disponer de una teoría general de los sistemas biológicos.
No podemos explicar por qué pasa lo que pasa.
La vida, tal como hoy la conocemos, está
basada en unidades celulares, que nacen, crecen, evolucionan y
se reproducen. Evidentemente, se trata de sistemas complejos,
pero su complejidad no se parece a la de un gas o un cristal.
Nadie duda que una célula tiene un cierto orden, pero ese
orden no tiene nada que ver con el orden de un cristal o con el
orden, o desorden, de un gas.
Se ha abierto camino, en algunos grupos de físicos,
la idea de que ésta, la física, es una ciencia acabada,
o casi acabada. Otros, como Penrose, piensan que este siglo XXI
va a alumbrar una serie de teorías, altamente revolucionarias,
que abrirán luz sobre la esencia de la materia y de la
energía.
Así es de esperar también que la biología
consiga explicar el fenómeno de la vida, así como
la formación de estructuras en el desarrollo de la misma.
O dicho de otra forma, que la biología deje de ser esencialmente
empírica y pueda disponer de un cuerpo teórico que
permita explicar la causas de los fenómenos, es decir que
alcance un grado de formalización comparable al de la física.
Linneo y Buffon iniciaron el largo camino de clasificar
la naturaleza. En el pasado siglo, el genoma nos ha dado a conocer
multitud de datos. Ahora es el momento de formalizar esos datos,
para que la biología deje de ser esencialmente empírica.
|