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Año IX - Madrid, viernes 7 de diciembre de 2007
 
Reportaje
 

"La biología es una ciencia empírica, pero conseguirá explicar el fenómeno de la vida"

El inventario de la creación
Alberto Miguel Arruti

Se cumplen 300 años del nacimiento de dos grandes naturalistas: el sueco Linneo (1707-1778) y el francés Buffon (1707-1788). Ambos intentaron inventariar la creación. El primero ideó un sistema taxonómico y una nomenclatura destinados a clasificar, con un criterio riguroso, la gran cantidad de plantas, que pueblan nuestro planeta, y el segundo escribió los 44 volúmenes de su "Historia Natural", que es una de las obras maestras de la Ilustración.

Linneo, hijo de un pastor luterano, dirigió diversos jardines botánicos e inspiró otros, como el Real Jardín Botánico de Madrid. Su obra "Species Plantarum", de 1753, es considerada como la Biblia de la botánica. Todas las especies de la naturaleza se podían expresar con dos palabras latinas, el género y la especie. Era un intento de clasificar, de forma racional, la enorme cantidad de plantas y animales, que pueblan la Tierra.

Linneo era algo así como el Newton de la botánica. Lo racional explicaba el mundo. No cabían en esta explicación el sentimiento o la poesía. Al conde de Buffon le resultaba antipática esta visión. El era un científico, pero también era, o aspiraba a ser, un publicista o un escritor. Son dos personajes completamente distintos. Buffon dirigió, en París, el Jardín del Rey desde 1739 -tenía entonces sólo 27 años- hasta su muerte. Educado en los jesuitas representa como pocos aquel siglo XVIII, que transformó Europa y el mundo.

Estos dos naturalistas representan, inmejorablemente, a dos ciencias de la naturaleza, la botánica y la zoología. Después vino la biología, como ciencia que intentaba explicar la vida y todas sus manifestaciones. Si la física y la química explicaban, o pretendían explicar la materia y la energía, la biología daba un paso más, más allá de la materia y la energía, ese algo que es la vida.

Y es en la segunda mitad del siglo XX el momento en que la biología ha conquistado el puesto más destacado entre las ciencias. Y el avance de las tecnologías de la biología molecular permite descifrar genomas completos y ver los genes, que aparecen en un célula en un determinado momento. Y así tenemos, continuamente, más datos.

Pese a todos estos resultados la biología no consigue salir de la clasificación de una ciencia empírica. Podemos describir lo que pasa en un organismo dado, pero no podemos disponer de una teoría general de los sistemas biológicos. No podemos explicar por qué pasa lo que pasa.

La vida, tal como hoy la conocemos, está basada en unidades celulares, que nacen, crecen, evolucionan y se reproducen. Evidentemente, se trata de sistemas complejos, pero su complejidad no se parece a la de un gas o un cristal. Nadie duda que una célula tiene un cierto orden, pero ese orden no tiene nada que ver con el orden de un cristal o con el orden, o desorden, de un gas.

Se ha abierto camino, en algunos grupos de físicos, la idea de que ésta, la física, es una ciencia acabada, o casi acabada. Otros, como Penrose, piensan que este siglo XXI va a alumbrar una serie de teorías, altamente revolucionarias, que abrirán luz sobre la esencia de la materia y de la energía.

Así es de esperar también que la biología consiga explicar el fenómeno de la vida, así como la formación de estructuras en el desarrollo de la misma. O dicho de otra forma, que la biología deje de ser esencialmente empírica y pueda disponer de un cuerpo teórico que permita explicar la causas de los fenómenos, es decir que alcance un grado de formalización comparable al de la física.

Linneo y Buffon iniciaron el largo camino de clasificar la naturaleza. En el pasado siglo, el genoma nos ha dado a conocer multitud de datos. Ahora es el momento de formalizar esos datos, para que la biología deje de ser esencialmente empírica.

 
 

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