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Recientemente, el ex vicepresidente de EEUU
Al Gore ha permanecido unos días en Madrid para abordar
toda la problemática del cambio climático. Sin ser
un científico, se ha convertido en un divulgador a nivel
internacional de todos los problemas relacionados, más
o menos, con el cambio climático.
Precisamente, en estos mismos días, ha aparecido
en Madrid un libro con un título sugestivo "El clima.
El calentamiento global y el futuro del planeta", del que
es autor un físico, especializado en Física del
Cosmos, Manuel Toharia, quien ha dedicado su vida a la divulgación
de distintos aspectos de la ciencia y, especialmente, de aquellos
que tienen un mayor interés para el gran público.
Actualmente, es director del Museo de las Ciencias
Príncipe Felipe de Valencia. En este libro se aborda de
una manera sencilla y asequible al gran público absolutamente
toda la problemática del medio ambiente. No se puede decir
que el libro sea optimista, ni tampoco pesimista. Es, sencillamente,
realista. Coge toda la información que han dado y que dan,
de forma permanente, los científicos y saca algunas conclusiones.
De éstas, no puede afirmarse que sean optimistas.
Un capítulo con el título "El
futuro: qué hacer" se plantea el problema de la energía.
A finales del siglo XX, es decir por el año 2000, el 78%
de la energía que usábamos en todo el mundo procedía
del carbón y los hidrocarburos, petróleo, gas natural
y sus derivados. El 22% restante se lo repartía la hidroelectricidad,
la energía nuclear y otras fuentes de energía. En
algunos lugares del mundo desarrollado despuntan, aunque tímidamente,
la energía eólica y la energía solar. Estos
datos no son muy optimistas.
En primer lugar, la contaminación, en segundo
lugar parece lógico pensar que los hidrocarburos e, incluso
el carbón, tienen sus días contados. Pueden ser
más o menos. Quizás muchos. Pero, siempre contados.
Luego el futuro reside en otras formas de energía como
es, por ejemplo, la energía nuclear por fusión,
hoy todavía solamente conseguida desde un punto de vista
científico, pero muy lejos todavía de un aprovechamiento
industrial.
El capítulo más sugerente es el último,
"Y a mí, ¿qué? ¿Puedo hacer algo
útil?" El autor se refiere a la responsabilidad política
y, especialmente, a la responsabilidad individual. El hombre medio,
el hombre de la calle, puede hacer algo, pero no mucho.
Lo primero que cabe exigírsele es que esté
informado. De ahí el papel de la divulgación científica.
Los informes de los científicos no llegan, ni pueden llegar,
al gran público. Están escritos en un lenguaje técnico
que los hacen incomprensibles para la mayor parte de los seres
humanos, aún de aquellos que tienen una cultura elevada
en otros campos.
El autor recoge el pensamiento, realmente revolucionario,
de Von Weizsäcker, cuando piensa "que el proceso que
se ha iniciado hace unos pocos decenios por el que la actividad
económica comienza a supeditarse, aún tímidamente,
a los condicionantes ambientales, significa que están contados
los días del 'tiempo de la economía' (que
abarca el siglo XX) y que lo que ahora viene será, no cabe
duda, el 'tiempo del medio ambiente'". Dicho con otras
palabras el siglo XXI será el siglo ambiental o no será
nada. Lo que suena un tanto apocalíptico, pero no parece
lejos de la realidad.
Y el autor acaba denunciando "la hipocresía
de las sociedades opulentas que se preocupan del cambio climático
en abstracto, mientras asisten indiferentes a la pobreza extrema
de muchos cientos de millones de personas en el resto del mundo".
Pero todo esto no es ciencia, es política. Y los estudiosos
del clima poco pueden hacer para dictar normas que fomenten conductas
más sostenibles y para divulgar lo que se puede y lo que
se debe hacer.
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