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Unión Europea (UE), con el apoyo diplomático de EEUU,
se ha quejado en repetidas ocasiones de cómo Rusia utiliza
para fines políticos la dependencia que el Viejo Continente
tiene de la energía rusa.
Precisamente debido a esta incómoda
situación, y también a las dificultades que el Gobierno
de Vladimir Putin pone a las empresas occidentales que deseen operar en este
país, se está barajando la posibilidad de construir
gaseoductos y oleoductos que reduzcan esta dependencia del gigante
euroasiático, y al mismo tiempo, evitar el paso de estos conductos por territorio ruso. Un miembro del
Departamento de Estado ha reconocido que las “nuevas rutas
que eludan Rusia harán que el mercado funcione mejor”.
Rusia, por el contrario, se queja
de que sus dificultades se deben a que también los países
occidentales dan quebraderos de cabeza a las empresas rusas del
sector, a la hora de querer instalarse en otros países,
por lo tanto argumentan que sus medidas las hacen a modo de “autodefensa”.
Sin embargo, el vicepresidente
de Ucrania afirmó en una visita a Vilnius, la capital
de Lituania, el pasado 4 de mayo: “No puede haber un interés
legítimo cuando para conseguirlo se chantajea y se extorsiona
utilizando la energía como recurso”, unas declaraciones
que, obviamente, sentaron muy mal en el Kremlin. La reunión
del G-8 de San Petersburgo (Rusia) tampoco parece haber concluido con
una salida válida al asunto.
Además, se está estudiando
la construcción de varios gasoductos alternativos a los
que atraviesan Rusia para forzar a Moscú a negociar.
Al mismo tiempo que crece esta
polémica, Rusia vende alrededor de un 80% de su gas natural
a Europa, y su preocupación es comprensible, pues si occidente
decide finalmente firmar acuerdos con las naciones norteafricanas
-sobre todo con Argelia y Libia- además de con Qatar, el
suministro ruso disminuirá y el de estas naciones se triplicará.
Varios expertos estadounidenses,
que trabajan para el Gobierno de su país, han estado presentando
la construcción de oleoductos y gasoductos por rutas alternativas
a las hasta ahora barajadas. Éstas tendrían como objetivo
traer el gas necesario desde los campos que hay en Kazajstán,
Turkmenistán y Azerbaiyán, cerca del Mar Caspio,
atravesando Turquía y Europa.
De hecho, el primer gasoducto que
cubrirá esta ruta se abrirá el próximo mes
de octubre, e irá desde Azerbaiyán hasta Turquía,
atravesando Georgia. Sin embargo, los funcionarios norteamericanos
han asegurado que las reservas existentes en esa zona son abundantes,
por lo que sería inteligente construir más gasoductos
de esta índole, incluso a pesar de los problemas regionales
que hay en torno al Mar Caspio.
El presidente de Georgia, Mikheil
Saakashvili, dijo que apoya el gasoducto
que llevará la energía desde el Mar Caspio, pasando
por debajo del Mar Negro (eludiendo así a Rusia) hasta
Rumania y el norte de Polonia.
A pesar de las esperanzas puestas
en esta alternativa a la dictadura del gas establecida por el
país presidido por Vladimir Putin, la construcción
de la vía duraría cinco años.
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