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La oposición chilena ha
aprovechado la subida del gas que exporta Argentina a su país
para criticar a la presidenta Michelle Bachelet. Pero estas críticas
son tan sólo una más en la estrategia del "no"
a todo que parece seguir la oposición chilena desde el
mismo momento en que Bachelet llegó a la Presidencia de
la República. Una estrategia que observadores chilenos
identifican con la misma que mantiene la oposición en España.
En esta ocasión la base de la argumentación recae
en las supuestas malas políticas que el Gobierno chileno
mantendría en las relaciones con los países vecinos.
Dicen, estas voces, también que en lugar de defender los
intereses nacionales la presidenta se deja llevar por criterios
de supuesta afinidad ideológica.
En realidad, subyace en el fondo
una estrategia que desde los escaños conservadores se ha
venido defendiendo desde la campaña electoral y según
la cual Bachelet, a la que acusan de endeble, no estaría
capacitada para el puesto que ocupa. Una consigna que, sospechosamente,
también se ha repetido en algunas de las manifestaciones
que pusieron en jaque a su Gobierno.
No es extraño entonces que
la presidenta se haya apresurado a dar muestras de fortaleza y
al tiempo que anunciaba que la subida no afectará a los
consumidores, haya aprovechado también las inapropiadas
declaraciones de su embajador en Caracas, en las que manifestaba
su predilección por la candidatura venezolana al Consejo
de Seguridad de la ONU, para dejar claro que sólo a ella
le corresponde pronunciarse sobre las cuestiones esenciales de
la política exterior de su país. En este caso, qué
candidatura apoya su país. Por su cercanía con Mercosur,
en principio lo lógico sería apoyar a Venezuela;
pero, por otra parte, las presiones de EEUU por mantener al margen
al Gobierno de Chávez complican una decisión que
en el fondo se dibuja como la elección de unas alianzas
frente a otras.
De cualquier forma, también
ha aprovechado este caso Bachelet para reafirmar su autoridad.
Frente a las declaraciones del secratario de Defensa estadounidense,
Donald Rumsfeld, señalando que su país no entendería
el apoyo de Chile a Venezuela, la presidenta ha señalado
que la relación con EEUU no pasa por ningún tipo
de condicionamientos y ha repetido que cuando llegue la fecha
de la votación será ella quien decida, evaluando
exclusivamente los intereses de su nación. Nada anormal
si esta afirmación no viniera de una persona que, al igual
que su país, vio brutalmente torcido su destino con un
golpe de Estado que devolvía a Chile al mecenazgo del tío
Sam.
Quizá añorando esos
viejos tiempos, los diputados conservadores han señalado
que su Gobierno ha pasado de "golpear" la mesa a ser
uno "que se esconde" debajo de ella. Critican que Argentina
haya repercutido la subida del gas que importa de Bolivia en sus
exportaciones a Chile, pero también la relación
con Bolivia, Perú, Cuba y Venezuela. Al primero se les
habrían dado falsas expectativas en relación a concederle
una salida al mar, el segundo se habría aprovechado de
ello para incluir sus propias reclamaciones y los dos últimos
serían aceptados en el caso de Cuba como "el hermano
mayor que nos trae claridad y fortaleza" y en el de Venezuela
como el país que les da el "conocido abrazo del oso".
Lo cierto es que Argentina, en
contra de lo establecido en tratados previos, ha incrementado
el precio del gas que exporta a Chile. Además, aparentemente
al margen de lo acordado en la reunión entre el presidente
argentino, Néstor Kirchner, y Bachelet en la pasada cumbre
de Mercosur, ha subido el precio del gas por encima de los 4 dólares
(3,16 euros) por millón de unidades térmicas británicas
(BTU). Pero sólo aparentemente.
En realidad, el precio que pagará
Chile es de 3,95 dólares (3,10 euros), lo que ocurre es
que al sumarle el transporte -que forma parte de lo que se paga
en la frontera- el precio sí supera el límite acordado.
Por ello, tampoco el Gobierno chileno se ha dado por satisfecho,
ya que según la ministra de Energía de Chile, Karen
Poniachik, es una cantidad superior al que había anunciado
su homólogo argentino Julio De Vido. Por otra parte, fuentes
consultadas por Americaeconomica.com señalan desde
la parte chilena que nadie debería sorprenderse por el
comportamiento argentino: este país siempre ha renegociado
los tratados cuando las circunstancias han cambiado y estos aparentes
quiebros de palabra sería su manera de negociar.
De hecho, ya en 2004, el Gobierno
de Argentina enfrentado a la escasez de gas en su país,
priorizó la demanda interna y redujo las exportaciones
a Chile. Entonces, Argentina fijó un impuesto del 20% a
la exportación de gas.
Ahora, desde el Gobierno argentino,
De Vido argumenta que, pese a la nueva subida, el precio que pagará
su país es inferior al establecido en la región
e incluso al que ella paga a Bolivia (cinco dólares -3,92
euros- por millón de BTU: equivalente a 293 kilovatios
hora). Pero nada de ello vale a la oposición chilena, que
incluso ha extendido sus críticas al periodo del anterior
presidente, Ricardo Lagos, acusándole de haber metido todos
los problemas que ahora afloran "debajo de la alfombra".
Lagos, que abandonó la Presidencia
como el presidente más valorado de la historia de Chile,
ha respondido defendiendo su gestión y la de Bachelet.
Por su parte, el jefe del Partido por la Democracia (PPD), Sergio
Bitar, también se ha unido a esta defensa y ha calificado
a la Alianza por Chile de "histérica", instándola
a que "de una vez por todas respeten la figura de la presidenta".
Pero no parece que eso vaya a cambiar si de verdad, y todo apunta
a ello, responde a una estrategia de fondo. Bachelet ha perdido
diez puntos de popularidad desde que llegó a la Presidencia
y acaba de remodelar su Gobierno. Desde ciertos sectores se siente
la necesidad de un giro en la coordinación y en la política
de comunicación de su Gobierno. Sin embargo, en el mismo
periodo, la oposición también ha registrado otro
bajón de popularidad, incluso superior al de Bachelet.
No es previsible que esa tendencia vaya a cambiar si los conservadores
continúan instalados en su actual postura. |