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Las elecciones presidenciales y legislativas francesas
y el cambio de primer ministro en el Reino Unido constituyen sendos
factores, que anuncian un cambio profundo en la Unión Europea.
Pero el momento actual es de una indudable crisis. Ha habido otras,
más fuertes o más débiles que la actual.
Por ejemplo, la de 1954, cuando la Asamblea Nacional francesa
dio al traste con el proyecto de una Comunidad Europea de Defensa.
O la de los años 70, cuando la desbandada fue la respuesta
de los países miembros a las continuas subidas en el precio
del petróleo, como consecuencia de la guerra del Yom Kipur.
La crisis actual proviene de la no aceptación, por parte
de Francia y Holanda, del Tratado Constitucional Europeo (TCE).
La entrada en vigor de este Tratado exige la ratificación
por parte de todos los Estados de la Unión. En este momento,
lo han hecho ya 18. No es la primera vez que el rechazo a un Tratado
europeo se produce. Dinamarca se opuso en 1992 al de Maastricht
e Irlanda en 2000 al de Niza. Pero la diferencia estriba en que
tanto daneses como irlandeses aportaron la solución al
problema. No sucede así, en este momento, con franceses
y holandeses. A la vista de esta situación, el Consejo
Europeo tomó la decisión de darse un tiempo para
estudiar las causas del rechazo. Y en esta situación nos
encontramos. Se han pretendido, o se pretenden, diversas soluciones
ante el problema. Una posible, sostenida por algunos y que parece
poco realista, consistiría en volver a empezar desde cero
todo el proceso. Pero conviene recordar que se llevan diez años
trabajando en esta cuestión y que sus adversarios no parecen
capaces de redactar un texto alternativo. Otra posibilidad, sostenida
por algunos, consiste en aprobar, de forma inmediata, aquellas
partes no conflictivas del Tratado. Es la postura del presidente
de la República francesa, Nicolás Sarkozy. Finalmente,
otra propuesta, consiste en reducir el Tratado a 116 artículos
en lugar de los 448 actuales.
Lo cierto es que son muchos los que quieren entrar en la Unión
Europea y ninguno quiere salirse. Lo que conduce a pensar en la
conveniencia o, tal vez, en la necesidad de pertenecer a este
grupo de países, que ya tiene una importancia política
y económica de primera magnitud en el mundo. Y, especialmente,
en un mundo, como el actual, en pleno proceso de globalización,
que, nos guste o no, nos encontramos plenamente inmersos en el
mismo. Además, resulta incuestionable que se ha avanzado
mucho. Probablemente, más de lo que imaginaron Konrad Adenauer,
Robert Schunan, Winston Churchill o Alcide de Gasperi. Precisamente
ahora que se cumplen cincuenta años de la formación
de aquella Europa de los seis: Alemania, Francia, Italia y el
Benelux, Bélgica, Holanda y Luxemburgo. Vienen ahora a
la memoria las palabras de Churchill, cuando en 1947 pidió
la formación de los Estados Unidos de Europa. Fue en Zurich,
donde dijo textualmente: Deberíamos constituir unos
Estados Unidos de Europa. Sólo así, centenares de
millones de seres humanos que trabajan conocerían de nuevo
las verdaderas satisfacciones y esperanzas que hacen que la vida
sea digna de ser vivida. El primer paso para la formación
de la gran familia europea deberían darlo Alemania y Francia.
Quizá incluso el tiempo apremie. Actualmente tenemos un
respiro; los cañones callan. La lucha cesó, pero
no el peligro. En seguida surgieron las dificultades. Por
ejemplo, Inglaterra, aunque deseaba que ser formasen los Estados
Unidos de Europa, ella no estaba dispuesta a formar parte.
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