A pocos meses de la inauguración del mayor acelerador de partículas del mundo, Large Hadram Collider (LHC), es momento de reflexionar sobre la última estructura de la materia.
Próximo a Ginebra, se encuentra el LHC, que es un gigantesco anillo de 27 kilométricos, construido bajo la tierra a una profundidad que, según los tramos, oscila entre los 50 y los 150 metros. En su interior, 1.296 imágenes superconductores de 15 metros cada uno, apoyados por cerca de 8.000 “imanes correctores” de menor tamaño. El conjunto se mantiene a una temperatura de 1,8 grados Kelvin (-271 grados centígrados), lo que da lugar a un ambiente más frío que le mismo espacio interestelar.
El primer acelerador de partículas, conocido con el nombre de ciclotrón, fue creado, en 1.931, por los profesores ernest O, Lawrence y M.Stanley Livingston, de la Universidad de California, en Berkeley, con el fin de conseguir un haz de partículas atómicas cargadas con una gran velocidad.
Los griegos pensaban que la materia tenía un límite en su división, que se llegaría a encontrar una última partícula, un último sillar del universo, que sería indivisible. Buscándolo, se encontraron determinadas partículas, como el electrón, el protón o el neutrón. Hoy, mediante los aceleradores, se han identificado más de trescientas partículas “elementales”, entre las que se incluyen las “antipartículas”. Cada partícula tiene su propia antipartícula, con la que sólo le diferencia el signo de la carga eléctrica. La antipartícula del electrón es el positrón. En cambio, el fotón es su propia antipartícula. A estas partículas se las clasifica en bariones, que son partículas pesadas como el protón y el neutrón, leptones, ligeras como el electrón y mesones, de masa intermedia. La mayoría de estas partículas tiene una vida muy efímera. Son creadas en los choques a grandes energías, que se producen entre otras partículas en los aceleradores. La energía liberada en estos procesos se convierte parcialmente en nuevas partículas, de masa tanto más grandes cuanto mayor es la energía, que puede alcanzar el acelerador.
En esta línea, escribe el profesor Sánchez Ron que “cada vez sabemos más acerca de la naturaleza, pero en el camino vamos perdiendo aquello que esta tenía de intuitivo, palpable y accesible. La materia, lo más próximo y concreto que poseíamos, parece irse diluyendo en los arcanos ontológicos, abandonando su esencia física, para pasar a convertirse en matemática, en modos de vibración de superminúsculos antes que habitan en espacios de, al menos, diez dimensiones”.
Hoy sabemos, con la fórmula de Einstein que energía y materia, equivalen, y la equivalencia viene dada por la fórmula E=mc2.
La naturaleza es tal que la energía aparece como concepto primario, lo que ya habían sugerido los energeticistas en la segunda mitad del siglo XIX.
Con el LHC se pretende localizar el bosón de Higgs, que es una partícula que guarda el secreto de por qué todas las partículas, incluido él mismo tiene masa. Hasta ahora no ha podido ser localizado, aunque su existencia fue intuida en los años 60.
Según la teoría, para manifestarse el bosón de Higgs necesita un nivel de energía que, hasta ahora, era inalcanzable por los aceleradores. Si no se consiguiera detectarlo, sería necesario revisar gran parte de las teorías sobre el origen y la estructura del Universo.
Nos encontramos, pues, ante un momento crucial en el desarrollo de la ciencia.
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